Amigos Por Siempre
Marzo 5, 2008 por Javier
Conversaba con un grupo de conocidos sobre lo que era la verdadera amistad. ¿Es por siempre? ¿Es solo circunstancial? ¿Es la confianza y afecto desinteresado entre dos personas?. Fue como charlar de fútbol, religión o política. Cada uno defendía airadamente su punto de vista. De vuelta en casa, a solas, retomé el tema. Me acomodé en el sillón rojo de mi habitación -el CD de Vicente Fernández acompañado de mariachis me servia de fondo-, la temperatura era tibia, estaba de noche, y desde el jardín llegaba el maullido de un gato sin dueño.
En el mes de octubre del año noventa y uno llegué al Japón. Mientras viví en el Perú, siendo estudiante universitario conocí a quien siempre consideró un hermano espiritual. Nacido en Ayacucho, de contextura ancha, un metro sesenta y dos centímetros de estatura, ojos verdes, cabello oscuro, piel blanca y con el acento propio de la región. Con Mariano -así se llamaba- compartimos gratos momentos de estudios, bohemia, mujeres, secretos y en algún momento, de trabajo. Con el tiempo cada uno siguió caminos distintos pero sin perder la comunicación; los reencuentros siempre estaban cargados de emoción y de muchas cosas que contar. El día de mi partida, en el aeropuerto “Jorge Chávez”, acompañando a mi familia estuvo presente. Nos abrazamos, lloramos y juramos que nuestra amistad era por siempre. Mi hija -con un año de nacida- era testigo. Ya instalado en éste país la comunicación se volvió algo floja, hasta perderse por completo; mi familia también nunca mas volvió a saber nada. Transcurrido un tiempo, por el website de una televisión peruana, me enteré que era candidato a una curul para el congreso, navegué en la red hasta encontrar su dirección electrónica, le escribí con la emoción de un familiar, con la alegría de un hermano. Su respuesta fue un saludo breve y frío.
El destino quiso que llegara a trabajar a la ciudad de Tobishima, era una empresa de construcción. Fue un compatriota quien me presenta al dueño de dicha firma, un japonés de gran estatura, gordo y de trato grosero. Ya tenia el trabajo, ahora el gran problema era la casa; la mía estaba a dos horas de distancia, en la ciudad de Higashiura. Nos planteamos varias alternativas, una de ellas era recurrir a las amistades, de quien me había llevado hasta aquel lugar, ellos moraban cerca. También eran peruanos, trabajaban para una empresa en el puerto de Nagoya. Michael, Iván y yo nos veíamos por primera vez, ambos compartían un mismo apato antiguo (casa); aceptaron darme posada por un tiempo hasta que me estableciera. Pasaron seis meses. Dormía en un mueble largo que por milagro las polillas aun no habían podido traerse abajo, y no había esperanza de que pudiera mudarme a un nuevo predio. El trato era muy cordial pero, aun así, se podía percibir un tufillo de comprensible incomodidad. Decidí renunciar al trabajo. Agradecí a quienes tuvieron la generosidad de brindarme la mano desinteresadamente y regresé a mi hogar, dulce hogar. Fue con Iván: un joven de cabello lacio algo rebelde de color negro, un metro setenta aproximadamente de estatura, carácter jovial y con buen sentido de la responsabilidad; con quien siempre seguí comunicándome, participando y compartiendo algunas amistades y reuniones. Hace muchos años él volvió al Perú para reencontrarse con su pasado y darle solución. Esta semana una vez mas me ha vuelto a escribir contándome sobre su esposa e hijos.
Después de estar recordando y pensando largamente sobre la amistad, me puse de pie y observando el sillón rojo, tratando de imaginarme aun sentado, me dije: “Eres un afortunado, por que tienes amigos que te dieron la oportunidad de compartir sus vidas y les permitiste compartir la tuya. Los ayudaste en su momento, como ellos a ti, para hacer más grandes las alegrías y minimizar las tristezas. Mientras los lleves en el corazón seguirán siendo: AMIGOS POR SIEMPRE”.




