Nuevamente en un Tren
Marzo 13, 2008 por Javier
Son casi diecisiete años los que llevo viviendo en el Japón, de los cuales catorce me los pasé transportándome en tren, y tres en auto propio. Aun recuerdo las eternas carreras desde casa hasta la estación de Higashiura para pillar a tiempo el tren que me llevaría, parte del camino, rumbo al trabajo. La eterna espera, en la estación de Kyowa y luego en la de Obu, del tren de regreso. En invierno el frío intenso penetrándome los huesos y en el verano el calor sofocante ahuyentando mi buen humor. Las torrenciales lluvias y la copiosa nieve. Sumemos a todo lo mencionado la dosis de cansancio que uno trae a cuestas, después de doce horas de trabajo.
Todo un mundo aparte es lo que se aprecia dentro de un vagón: jóvenes con reproductores mp3, colegialas armando escándalo y mostrando hasta el hígado sin vergüenza alguna, ancianos charlando de flores o de algún cantante de enka (tradicional genero musical japonés), imperturbables lectores -me incluyo- de diarios, libros o comic, señoras y jovencitas pegadas al móvil enviando o recibiendo mensajes, adolescentes platicando alegremente sin perder de vista a una niña, tipos concentrados en su notebook, además, los eternos borrachines de fines de semana, y los mañosos que aparecen por las mañanas cuando el tren esta lleno; toda una variedad de personajes. Recuerdo en especial a un jovencito que solía ubicarse detrás de la cabina transparente del maquinista, imitando todo sus movimientos; él envuelto en su mundo y yo observándolo todo el camino.
Llegó un momento que no me existía estación desconocida. Podía identificar tranquilamente que edificio era nuevo, que casas habían cambiado el color de sus fachadas, que parques se ubicaban cerca de tal o cual parada, las fábricas, los paneles publicitarios; todo por donde transitaba la gran maquina estaba registrado en mi memoria. Lo mismo ocurría en las estaciones mientras esperaba la llegada del tren, de noche o de día, siempre éramos los mismos a la misma hora, y en el mismo numero de puerta para abordar. Los amores platónicos y broncas mentales matizaban el escenario.
Al principio todo me pareció entretenido, pero con el paso de los años y la llegada del stress ésta rutina diaria se fue convirtiendo en un martirio; entonces decidí, hace tres años, comprar un auto. Hasta hoy me es de gran utilidad, puedo transportarme con rapidez y comodidad. Dejé de levantarme a las seis de la mañana para salir a las siete y entrar a las ocho al trabajo, conozco nuevos lugares, empecé a visitar amigos, salir a la hora que se me apetecía etc. Disfruto todo lo agradable que es tener mi pequeño Daihastu (marca del carro), pero algo en lo que no había reparado era del tiempo y espacio que éstas cuatro ruedas me han absorbido.
Hoy el día amaneció hermoso: cielo despejado, un sol radiante, temperatura primaveral. Decidí ir al consulado peruano, en la ciudad de Nagoya, para iniciar unos trámites documentarios, pero me animé a ir sin automóvil. Nuevamente volví a caminar aquellas estrechas calles de mi pasado. Después de tres años regresaba a la estación de Higashiura, ahí seguían las mismas caras, un torbellino de recuerdos volvió a mi memoria. A la hora señalada, puntual como siempre, el tren hacía su aparición; ya dentro del vagón fue como retroceder en el tiempo. Me ubiqué en la misma puerta que tantas veces lo hiciera en antaño, al lado izquierdo, observando todo como si fuera la primera vez, deseando perennizar en lo mas profundo de mi cerebro aquel momento; todo seguía igual. En el trayecto de ida, mirando tras el gran ventanal constaté que había muchos nuevos edificios, nuevos centros comerciales, y nuevas grandes autopistas. Terminado el papeleo para el que fui al consulado, de regreso en el tren, me senté en la ventana del lado derecho, nuevamente la fuente interminable de recuerdos volvió, como aguas sin control al abrir las puertas de una represa, al ver los templos, parques y antiguas casas de amistades ausentes. A lo lejos alcancé a divisar, que aun seguía en la misma esquina, la peluquería de aquel anciano que me repetía la misma conversación cada vez que iba para cortarme el cabello. Volví a experimentar el mismo susto, que tuve la primera vez, cuando al pasar el chinkansen (tren bala) remeció nuestro tren.
Nuevamente en casa volví a sentirme como hace mucho no me sentía: muy feliz, con ganas de platicar, de mejor ánimo. Lo que antes fuera un martirio, hoy fue la mejor vitamina. Reencontrarme con el pasado, del que mi piojito motorizado me sacó, me hizo mucho bien. Valió la pena estar nuevamente en un tren.




