Nunca Olvidare Amsterdam
Abril 3, 2008 por Javier
Es la anécdota del año noventa y uno que jamás podré olvidar por el momento tan bochornoso que me tocó vivir en Holanda, aeropuerto de Ámsterdam, específicamente en uno de sus baños. Tenía poco de haber llegado a ésta inmensa terminal aérea y esperaba, junto a otros compatriotas, diera la hora para abordar el nuevo avión que nos llevaría al Japón. Todo marchaba bien, paseando por sus tiendas, lanzando piropos a tan hermosas mujeres en un idioma que no entendían pero sonreían; orgullosos como latinos de ver el CD de Juan Luis Guerra en las vitrinas, asombrados con un inmenso diamante, todo tan moderno y ahí nosotros silbando el “cóndor pasa”. Hasta ese instante creí que nada podía cortarme ese buen momento, me equivocaba… vaya que sí. Fue cuando desde mi vientre un ligero sonido se dejó escuchar cual trompetas reales que anuncian la llegada de una visita especial, le resté importancia. Pasados unos minutos el ruido vino acompañado de un retortijón, acto seguido mi tubo digestivo no pudo más dejando escapar una flatulencia. Traté de estar serio observando el infinito disimulando lo sucedido, fui en busca del baño apresurando el paso y zigzagueando, arrepintiéndome de toda la comida ingerida y pidiendo a no sé que divinidad mitológica me ayudara a mantener la contracción en el interior de mis nalgas. Aturdido y empapado de sudor no lograba encontrar el bendito trono del placer. Fue gracias a una amable señora que al ver mi desesperación y mis delatadores gestos quien me orienta como llegar a los sanitarios. Entré a toda prisa, elegí la primera puerta, cerré con fuerza y desesperación, intentaba soltarme el cinturón del pantalón no pudiendo evitar aquel bailecito impaciente. Al fin logré sentarme, lo que vino después solo fue una retahíla de: Ufff!!!, Ahhh!!!, Humm!!!. Aliviado de la sobrecarga que hacia unos minutos me había torturado busqué con la mirada el papel higiénico, ahí estaba. Cumplida con toda la ceremonia que la situación ameritaba me dispuse a dejar correr el agua.-¡ Mierda!- ¿Cómo funciona ésto? Fue la pregunta del millón de dólares mientras un fuerte hedor se apoderaba del ambiente y el bendito dispositivo no aparecía por ningún lado. Observe por la rendija de la puerta esperando a que todos se fueran para poder fugar pero cada vez mas gente entraba y salía. Pasaron diez, veinte, veinticinco minutos, alguien tocó la puerta, nuevamente estaba transpirando, pero esta vez de vergüenza. Con la palma de la mano empecé a rozar las paredes hasta que al fin pude dar con el diminuto censor que se encontraba como parte del dibujo en una de las mayólicas. Pasado el mal momento al acercarme al espejo, me vi con una cara de felicidad celestial, lavé mis manos, el rostro y me mojé el cabello. Reunido nuevamente con el grupo de viaje, entre bromas, me contaron que estuvieron buscándome. Ya en pleno vuelo mi compañero de asiento me preguntó qué opinión tenia de la breve estadía en aquel aeropuerto, a lo que sonriendo le respondí: “Nunca olvidaré Ámsterdam”.




