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Adios Mami Dorita.

En el cielo brilla una nueva estrella, acá en la tierra un nuevo ángel nos acompaña. Tenía carita redonda y sonrisa infantil. Nunca se avergonzó de ser analfabeta, supo hacer de aquello una virtud. No tuvo profesores que le enseñaran lo que muchos conocemos pero sin embargo de la vida todo lo aprendió y generosamente lo compartió con todos. Apenas medía un metro cincuenta centímetros, de cabellera ondulada que no conoció de canas hasta después de los sesenta años, tenía el carácter y la fuerza de un varón pero también la dulzura de una hada madrina. Solía conversar con su Dios pidiendo por nosotros, la familia, amistades y animales, tanto que de su bondad se enamoró y decidió llevársela con él. Mami Dorita, linda viejita, linda!

 

    Era mi abuelita materna. Dicen que la vida nos da una segunda oportunidad para ser buenos padres cuando se tienen nietos, les puedo jurar, que ella fue buena madre conmigo. Llegó a éste mundo un primero de Noviembre (Día de los muertos o de todos los santos) y se marchó el primero de Mayo (Día del trabajo), fechas importantes en el calendario occidental, tan especiales como ella. Ya es parte de todo: del aire, de la tierra y del mar. Alguna vez leí a un filósofo que decía: “La muerte empieza al nacer”. Siguiendo aquel enunciado debo concluir que mi viejita dejó de morir para ser eterna, eso me da tranquilidad. “La persona verdaderamente muere cuando dejamos de recordarla y permitimos que se evapore de nuestro corazón”, es lo que pienso.

   

    De los muchos recuerdos hermosos que tengo con ella, hay uno que me hace súper feliz, siempre antes de salir para la universidad solía besarla en la frente, cerraba sus ojitos, sonreía y su rostro se iluminaba de inocencia. Probé de sus manos el rigor de unos golpes bien ganados. De ella recibí las caricias que en otro techo me negaron.

 

Dorita es difícil evitar no llorar al recordarte, es imposible ser coherente con lo que escribo, es duro aceptar que ya no volveré a verte.”

 

    Se supone que éste año volveríamos a encontrarnos después de mas de una década, desde aquel día que con tu bendición me vine al Japón. Tenía la ilusión que vieras que aprendí a cocinar y saborearas mi sazón,  de que fuéramos a pasear, de contarte como me fue por éstas tierras, de que me dijeras: “te pareces a mí”. Deseaba tanto cogerte de las manos. Me contó mi madre que no te velaron en casa, tuvieron que llevarte a un amplio local por la cantidad de gente que se acercó a despedirte. Te rindieron honores como a las grandes mujeres. Tus mascotas (dos perros) aparecieron de pronto en donde descansaban tus restos para hacer guardia frente a tu féretro, ladraron a todos, tampoco aceptaban que ya estabas ausente.

     

    Así era Dorita. Así fue Dorita conmigo. Así es como me siento Dorita. Así es como te recuerdo Dorita.

Cuando uno se sienta frente al ordenador son muchas las cosas que a raudales te vienen a la cabeza y quisieras poder traducirlas en letras para mostrárselo a todos aquellos que te leen. Recuerdos de infancia, momentos familiares, alegrías, tristezas y muchas situaciones. La imaginación vuela a una velocidad luz, sientes que eres libre de contarlo todo. Casi nunca medimos las consecuencias que puedan traer nuestras crónicas o aquel mundo de fantasías que al darle lectura les genere malos ratos a nuestros seres queridos o amigos. Duele ver triste a quien se ama pero duele el doble cuando sabes que la razón de su tristeza es alguno de tus post. Relatar que estuviste mal de salud es preocupar a quienes te aprecian,  contar lo dura que ha sido la vida es llenarlos de tensión; coger una historia de aquel mundo, solo tuyo y que nadie ve, tan lleno de emoción, sentimientos, de inspiración pura puede resultar contraproducente hasta para la relación de pareja, inclusive emponzoñar la amistad. La solución seria escribir anécdotas, historias maquilladas, modo de vida del lugar donde te encuentres, curiosidades; ser un empírico escritor coartado indirectamente por los que más aprecias. No estoy dispuesto a ceder ante ninguna presión por que dejaría de ser yo. Quiero que conozcan como fue mi vida, como es ahora y cuales son mis fantasías, no en detalle pero sí en líneas generales. Tal vez habrá ocasión que algunos de mis relatos les generará un pequeño remezón a quienes me aman, respetan o simplemente me conocen, espero que lo tomen deportivamente; lo mismo, estoy seguro les pasa a muchos en éste mundo de las bitácoras. Se dice que los escritores y compositores, profesional o amateur, viven en dos mundos: el real y el imaginario. El camino que me ha tocado recorrer, cumpliendo mi destino, podría ejemplificarlo como una videoteca llena de filmes apta para todos: dramas, romances, políticas, humor, sexo y misterios. Quiero contarlo todo, poco a poco, ser infidente de mi vida.

    Soy lector de otros blogs, visitante continuo de algunos de ellos, para alagar o criticar sus textos, aunque la mayoría son muy buenos. Me siento feliz cuando veo que entran a mi bitácora por que imagino la sonrisa de quienes no conozco, ni conoceré físicamente, al leer mis anécdotas. Por lo general no publico los comentarios que me envían, no es que sean malucos o vergonzosos, sino que prefiero guardarlos para mí. Cuando alguien me dice que se identifica con algunas de mis crónicas o que terminó con un nudo en la garganta es cuando digo “misión cumplida” por haber logrado sensibilizarlos, con una historia que no es solo mía sino de muchos. Llevo algo de dos meses de haber creado mi blog y aun recuerdo cuando escribí el primer post: “Lejos de la Patria”. Le puse corazón, y siento que abrí las puertas de un mundo desconocido para muchos y tan semejante de otros tantos. No soy machista, tampoco homofóbico, discrepo con las feministas, pero lo más importante de todo, trato de entenderlos; así lo reflejan mis comentarios y en el futuro mis escritos.

    Llevo buen rato sentado frente a la computadora, primero navegando por el ciberespacio, y ahora terminando éste texto. Me duelen los riñones, siento que la raya de mis cuatro letras (donde termina el cóccix) va convirtiéndose en puntos suspensivos. Gracias a todos por regalarme parte de su tiempo y consumir cada titular con el que visto este blog.

Antonio tenia días de haber llegado al Japón, a la ciudad de Toyohashi, y como era de suponer no entendía nada del idioma japonés - es lo que inmediatamente nos dimos cuenta -. Solía mostrarse como una persona pícara, astuta, alguien a quien nadie podría engañarle. Los que vivíamos en aquella casa (propiedad del contratista) llevábamos un ritmo de vida algo agitado: levantarnos muy temprano, asearnos, prepararnos el desayuno, ponerse la ropa de trabajo y salir a la puerta, esperando la llegada de la movilidad que nos llevara a la fábrica procesadora de pescado; regresar después de doce horas de haber estado dentro de cámaras frigoríficas, hornos y variedad de máquinas. Cansados, echando bromas, solíamos turnarnos cada noche para preparar la cena de los seis muchachones, incluído para nuestro nuevo integrante que todavía no laboraba. Cierto día, reunidos en la hora de descanso, acordamos proponerle a “Toño” (Antonio) que nos preparase diariamente la cena, con el beneficio de servirse y no aportar dinero para la olla comunitaria. Aceptó sin objeción.
    A la mañana siguiente, al despedirnos, nos avisó que prepararía “fréjoles con pollo frito”, todos celebramos el anuncio. Lo que aconteció con el pobre muchacho fue de no creerlo pero para terminar partiéndose de la risa. De vuelta en casa, con hambre de náufrago, nos servimos ordenadamente. “Oye, te quedó muy bien”, “Felicitaciones, excelente compadre”, “Huy que buena mano”; uno a uno le expresaban su satisfacción. Un colega y yo le sentimos un saborcito raro al platillo pero no le dimos importancia. “Barriga llena, corazón contento” reza un dicho popular.
    Muchachos tengo que contarles algo - anuncio Toñito -. Habla cumpita, ¿qué fue? - respondió uno de nosotros -. El rostro de nuestro chef “trafa” poco a poco fue cambiando de color, estaba rojo cuando inició su relato. “Para preparar los fréjoles no tuve ningún contratiempo, el problema fue con el pollo - lo escuchábamos con atención -. Ya le había rociado la sal y la pimienta cuando me percaté que no tenia a la mano el aceite, busqué por todos lados sin mayor resultado, de pronto en uno de los cajones vi varias botellas de plástico de diferentes colores: Verde, naranja y amarillo; supuse que éste último era el aceite. Encendí la cocina, puse la sartén, destapé la botella y vacié su contenido, esperé que calentara un poquito. Lo que me llamó la atención fue que no chispeara como es común, pensé que en éste país habían inventado éste tipo de aceite para no quemarse las manos. También me pareció raro que se formara una espuma… en fin en Japón todo es moderno, fue mi respuesta. Al colocar el pollo vi que los minutos pasaban y seguía crudo, peor aun, lentamente se empezaba a sancochar. ¿Qué carajo pasa? Me pregunte. Rápidamente apagué el fuego y lo probé, grande fue mi sorpresa al comprobar que tenia sabor a detergente. ¡Pucha la cagué! Exclame resignado. Inmediatamente lavé cada presa. Fui a la vecina, con señas y repitiendo “oil” “oil”, logré que viniera a ayudarme, ella cogió del repostero un frasco pequeño que también le había visto pero pensé que era vinagre - era el aceite de oliva con la etiqueta escrita en kanji (escritura japonesa) -. Lavé la sartén y recién pude fritar el pollo casi sancochado. Eso fue lo que aconteció colegas.”
    Todos nos miramos entre sí, y estallamos en una risotada. “No joda mi hermano, usted si consiguió lo que mi viejita nunca pudo ¡carajo!. Lavarme la boca con detergente por toda la grosería que suelo hablar” fue mi comentario sin poder contener la risa, ni evitar las lágrimas.

Desde el Corazon

Mi cielo:

 

             Te amo con la ternura de un adolescente y la pasión de mis años. ¿Cómo no amarte? Si me haces volar envuelto en un aura de felicidad ¿Cómo dejar de amarte? Si eres especial. Han pasado muchos años desde el primer beso, solo fue el tiempo el que transcurrió, nada cambió, por el contrario el deseo de sentir tus labios es cada día mayor. Sabes que soy agnóstico pero aun así quiero darle gracias a Dios, en el que crees, por dejar libre a la más hermosa de sus ángeles y venir a darle brillo a mi corazón. ¡Bendita tu madre por darte la vida! ¡Bendita mi madre por dejarme vivir! ¡Bendito el destino que generó el encuentro entre tu mundo y el mío!.

              

             Por ti vale la pena perderlo todo, dejar mi presente y pensar en el futuro. Gracias por tu paciencia, por tener la frase amable que pulveriza mi machismo. Gracias por tu respeto, por tu confianza. Gracias por tu belleza, por tu inteligencia. El mar o el campo, el tren o el carro, las calles o las tiendas, la mesa o la cama siempre hay un buen motivo para recordarte. Contigo se estableció en mi vida un antes y un después, antes creí ser feliz y ahora soy feliz.

 

              No necesitas jurar que me amas, no lo hagas mi reina, solo basta oírte mencionarlo para creerte, ya sabes que no eres mía por que soy tuyo. Frases de amor deja volar tus labios para mí, nunca una ofensa, jamás un improperio, no tienen mentiras. Juntos podemos tocar las estrellas, sin ti es fácil descender al infierno. Me encanta esa personalidad firme, segura, independiente y amable. Me gusta cuando discrepa con mis ideas y no se queda callada. Son muchas las razones por las que jamás dejaría de amarte.  

 
           “Cogí tu amor como mi fusil y salí a darle batalla a la soledad. ¡Luché y vencí!. La asquerosa depresión no pudo vencerme. Tu voz susurrándome con ternura: ¡Mientras tengas vida, fuerza y esperanza todo puede cambiar! “. Mi cielo vivo por ti. Disculpa si en algún momento no puedes tomarme de la mano, será por que te llevo fuerte entre mis brazos.

 

                                                                                                                                 Te Adoro.

                                                                                                                                                                                      

Nunca Olvidare Amsterdam

    Es la anécdota del año noventa y uno que jamás podré olvidar por el momento tan bochornoso que me tocó vivir en Holanda, aeropuerto de Ámsterdam, específicamente en uno de sus baños. Tenía poco de haber llegado a ésta inmensa terminal aérea y esperaba, junto a otros compatriotas, diera la hora para abordar el nuevo avión que nos llevaría al Japón. Todo marchaba bien, paseando por sus tiendas, lanzando piropos a tan hermosas mujeres en un idioma que no entendían pero sonreían; orgullosos como latinos de ver el CD de Juan Luis Guerra en las vitrinas, asombrados con un inmenso diamante, todo tan moderno y ahí nosotros silbando el “cóndor pasa”. Hasta ese instante creí que nada podía cortarme ese buen momento, me equivocaba… vaya que sí. Fue cuando desde mi vientre un ligero sonido se dejó escuchar cual trompetas reales que anuncian la llegada de una visita especial, le resté importancia. Pasados unos minutos el ruido vino acompañado de un retortijón, acto seguido mi tubo digestivo no pudo más dejando escapar una flatulencia. Traté de estar serio observando el infinito disimulando lo sucedido, fui en busca del baño apresurando el paso y zigzagueando, arrepintiéndome de toda la comida ingerida y pidiendo a no sé que divinidad mitológica me ayudara a mantener la contracción en el interior de mis nalgas. Aturdido y empapado de sudor no lograba encontrar el bendito trono del placer. Fue gracias a una amable señora que al ver mi desesperación y mis delatadores gestos quien me orienta como llegar a los sanitarios. Entré a toda prisa, elegí la primera puerta, cerré con fuerza y desesperación, intentaba soltarme el cinturón del pantalón no pudiendo evitar aquel bailecito impaciente. Al fin logré sentarme, lo que vino después solo fue una retahíla de: Ufff!!!, Ahhh!!!, Humm!!!. Aliviado de la sobrecarga que hacia unos minutos me había torturado busqué con la mirada el papel higiénico, ahí estaba. Cumplida con toda la ceremonia que la situación ameritaba me dispuse a dejar correr el agua.-¡ Mierda!- ¿Cómo funciona ésto? Fue la pregunta del millón de dólares mientras un fuerte hedor se apoderaba del ambiente y el bendito dispositivo no aparecía por ningún lado. Observe por la rendija de la puerta esperando a que todos se fueran para poder fugar pero cada vez mas gente entraba y salía. Pasaron diez, veinte, veinticinco minutos, alguien tocó la puerta, nuevamente estaba transpirando, pero esta vez de vergüenza. Con la palma de la mano empecé a rozar las paredes hasta que al fin pude dar con el diminuto censor que se encontraba como parte del dibujo en una de las mayólicas. Pasado el mal momento al acercarme al espejo, me vi con una cara de felicidad celestial, lavé mis manos, el rostro y me mojé el cabello. Reunido nuevamente con el grupo de viaje, entre bromas, me contaron que estuvieron buscándome. Ya en pleno vuelo mi compañero de asiento me preguntó qué opinión tenia de la breve estadía en aquel aeropuerto, a lo que sonriendo le respondí: “Nunca olvidaré Ámsterdam”.

El Gato y Yo

Lunes 17:
    Desperté con el cuerpo algo descompuesto, ayer ya me sentía un poco maluco, pero ésta mañana el malestar fue más fuerte. Por la tarde compré medicamento para la gripe en un centro comercial cerca de casa. La vista me estuvo ardiendo. Cociné algo sencillo y rápido, lavé los platos y me pasé el día leyendo algunos websites y asistiendo noticieros de diferentes países por el servicio de televisión vía Internet.

Martes 18:
    Todo el día estuve estornudando, la vista me siguió ardiendo y un ligero dolor de cabeza se unió a mi descompuesto cuerpo. Tomé el medicamento. Dándome ánimos continué la faena diaria. Por la noche el dolorcillo de cabeza desapareció pero en cambio un dolor de pecho empezaba a incomodarme. Mientras cogía sueño escuche que afuera el gato: de manchas negras y blancas, gordo y cola corta, se acomodaba sobre la lavadora.

Miércoles 19:
    Fue un día fatal. Amanecí con escalofrió, dolor de pecho, estornudando, una incontrolable tos y fiebre. Continué tomando el medicamento. Dormí mucho, no comí nada hasta por la noche que el hambre me obligó a prepararme algo ligero. Bordeando la media noche volví a escuchar al gato sin dueño rondando por el jardín.

Jueves 20:
    Al abrir las cortinas el brillo del sol invadió mi habitación. Me sentí de mejor ánimo, con menos malestar, los medicamentos me ayudaron mucho. Puse música y a solas bailé y canté. Aun sentí algo de escalofrió pero con menos fiebre. Seguí estornudando y tosiendo esporádicamente. Lavé los platos y me preparé comida peruana. El día se me fue descansando. Al llegar la noche, entre sueño y lejanamente, oí el maullido del gato.

Viernes 21:
    Me sentí mucho mejor, volví a poner música mientras tomaba un baño con agua tibia en el ofuro (pequeña tina de baño japonesa). Fue un día tranquilo, apenas estornudando. Salí un momento por la noche para revisar una computadora, me invitaron una cerveza. De regreso en casa empecé a sentir calor y cometí la torpeza de servirme un vaso de bebida gaseosa fría. Ya en cama, mientras aun estaba despierto, no escuché al gato… me pareció extraño.

Sábado 22:
    Nuevamente desperté con fiebre, escalofrió y estornudando. Desde mi ventana vi a unos pajaritos comiendo en el gramado del jardín, el cielo despejado y un sol invitando a pasear por la playa. Al abrir un momento la puerta de casa un bulto saltó desde el aparato del aire acondicionado, era el gato, que asustado huía a paso lento, tenía una de sus patas traseras herida. Lo vi esconderse debajo de una camioneta, lamerse la pata, después de cinco minutos salió y saltó sobre el techo de otro auto, empezaba a jugar.

    Después de observarlo largamente me di cuenta que aquel gato y yo nos parecemos mucho, ambos sin molestar a nadie hemos aprendido a cuidarnos solos.

En la década de los noventa los “reality show” empezaron a tener gran éxito en el Perú, nada hacia suponer lo que luego vendría de la mano de éstos programas. En el camino fueron desapareciendo varios de los que iniciaron éste fenómeno televisivo. Dudas y tibias críticas ya asomaban como alarmas sobre los “talk show” pero nadie les prestó atención en su momento. Fue una mujer de carácter fuerte que escupía “carajos” a diestra y siniestra, por que según ella la grosería es sinónimo de pueblo, de contextura delgada y cabello rubio, que siempre se jactó de haber nacido “en cuna de oro”, la que logró sobrevivir y seguir al aire: Laura Bozzo.
    La autodenominada “abogada de los pobres”, propietaria de la productora Promofilms y conductora estrella de la cadena Telemundo siempre ha estado envuelta en líos judiciales, desde que fuera regidora en la municipalidad de Lima. El caso mas sonado fue el que la llevó a cumplir tres años de arresto domiciliario por sus vínculos con el mafioso Vladimiro Montesinos, ex asesor presidencial, cabecilla de una red de corrupción en el poder legislativo, militar, medios de comunicación y narcotráfico. Recordemos que los ex propietarios de América Televisión, en el mismo año que ella era intocable, hoy purgan carceleria por tráfico de influencias.
    Recientemente gracias al programa de televisión “El Francotirador”, conducido por el escritor Jaime Bayly, quedó al descubierto que los casos presentados en “Laura en Acción” son falsos. La apología a la violencia y a la mentira que hace la Sra. Bozzo es asquerosa, solo puede generar arcadas a todo aquel que esté en su sano juicio. Recientemente presentó a una niña de ocho años acusando de acoso sexual a su padrastro y maltratos por parte de su madre. La madre y su hija reconocieron luego que todo fue una farsa a cambio de dinero. Anteriormente el programa periodístico “Prensa Libre” descubrió el caso de una menor de edad, supuestamente violada por su padre, meses después, la misma niña apareció en otro programa de la seuda “abogada de los pobres” fingiendo ser una damnificada por el terremoto que afectó a la ciudad de Pisco, ubicado al sur de Lima.
    El ministerio de la Mujer denunció a la conductora del programa “Laura en Acción” ante la Fiscalía de la Nación por la “exposición peligrosa de una menor”, delito sancionado penalmente. De otro lado la Asociación Nacional de Anunciantes (ANDA) de Perú sugirió a sus miembros no contratar publicidad en el vergonzoso “reality show” por fraguar la verdad. En declaraciones para la prensa, el presidente de la Comisión de Ética de ANDA, Juan Carlos Belaunde, manifestó: “Decidimos ponerle luz roja por que atenta contra la dignidad de las personas al explotar las flaquezas humanas en medio de la agresión verbal, física y psicológica; además se aprovecha de la precaria educación. Es altamente nocivo para los televidentes”.
    Es necesario recordar que estas dos niñas, como tantas otras que ya fueron expuestas con el rostro descubierto, también son mujeres que tienen derechos y no debieron ser utilizadas por su pobreza. Las organizaciones femeninas de todos los países en donde se trasmite éste “talk show” eleven su voz de protesta con la misma fuerza que lo hacen al celebrar el día Internacional de la Mujer o en el día del No Maltrato a la Mujer. Que esa chingada voz de la Sra. Bozzo pare con el: ¡Que pase la mentira! Y no siga con su chorro de babas tratándonos como estúpidos.

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Nuevamente en un Tren

Son casi diecisiete años los que llevo viviendo en el Japón, de los cuales catorce me los pasé transportándome en tren, y tres en auto propio. Aun recuerdo las eternas carreras desde casa hasta la estación de Higashiura para pillar a tiempo el tren que me llevaría, parte del camino, rumbo al trabajo. La eterna espera, en la estación de Kyowa y luego en la de Obu, del tren de regreso. En invierno el frío intenso penetrándome los huesos y en el verano el calor sofocante ahuyentando mi buen humor. Las torrenciales lluvias y la copiosa nieve. Sumemos a todo lo mencionado la dosis de cansancio que uno trae a cuestas, después de doce horas de trabajo.
    Todo un mundo aparte es lo que se aprecia dentro de un vagón: jóvenes con reproductores mp3, colegialas armando escándalo y mostrando hasta el hígado sin vergüenza alguna, ancianos charlando de flores o de algún cantante de enka (tradicional genero musical japonés), imperturbables lectores -me incluyo- de diarios, libros o comic, señoras y jovencitas pegadas al móvil enviando o recibiendo mensajes, adolescentes platicando alegremente sin perder de vista a una niña, tipos concentrados en su notebook, además, los eternos borrachines de fines de semana, y los mañosos que aparecen por las mañanas cuando el tren esta lleno; toda una variedad de personajes. Recuerdo en especial a un jovencito que solía ubicarse detrás de la cabina transparente del maquinista, imitando todo sus movimientos; él envuelto en su mundo y yo observándolo todo el camino.
    Llegó un momento que no me existía estación desconocida. Podía identificar tranquilamente que edificio era nuevo, que casas habían cambiado el color de sus fachadas, que parques se ubicaban cerca de tal o cual parada, las fábricas, los paneles publicitarios; todo por donde transitaba la gran maquina estaba registrado en mi memoria. Lo mismo ocurría en las estaciones mientras esperaba la llegada del tren, de noche o de día, siempre éramos los mismos a la misma hora, y en el mismo numero de puerta para abordar. Los amores platónicos y broncas mentales matizaban el escenario.
    Al principio todo me pareció entretenido, pero con el paso de los años y la llegada del stress ésta rutina diaria se fue convirtiendo en un martirio; entonces decidí, hace tres años, comprar un auto. Hasta hoy me es de gran utilidad, puedo transportarme con rapidez y comodidad. Dejé de levantarme a las seis de la mañana para salir a las siete y entrar a las ocho al trabajo, conozco nuevos lugares, empecé a visitar amigos, salir a la hora que se me apetecía etc. Disfruto todo lo agradable que es tener mi pequeño Daihastu (marca del carro), pero algo en lo que no había reparado era del tiempo y espacio que éstas cuatro ruedas me han absorbido.
    Hoy el día amaneció hermoso: cielo despejado, un sol radiante, temperatura primaveral. Decidí ir al consulado peruano, en la ciudad de Nagoya, para iniciar unos trámites documentarios, pero me animé a ir sin automóvil. Nuevamente volví a caminar aquellas estrechas calles de mi pasado. Después de tres años regresaba a la estación de Higashiura, ahí seguían las mismas caras, un torbellino de recuerdos volvió a mi memoria. A la hora señalada, puntual como siempre, el tren hacía su aparición; ya dentro del vagón fue como retroceder en el tiempo. Me ubiqué en la misma puerta que tantas veces lo hiciera en antaño, al lado izquierdo, observando todo como si fuera la primera vez, deseando perennizar en lo mas profundo de mi cerebro aquel momento; todo seguía igual. En el trayecto de ida, mirando tras el gran ventanal constaté que había muchos nuevos edificios, nuevos centros comerciales, y nuevas grandes autopistas. Terminado el papeleo para el que fui al consulado, de regreso en el tren, me senté en la ventana del lado derecho, nuevamente la fuente interminable de recuerdos volvió, como aguas sin control al abrir las puertas de una represa, al ver los templos, parques y antiguas casas de amistades ausentes. A lo lejos alcancé a divisar, que aun seguía en la misma esquina, la peluquería de aquel anciano que me repetía la misma conversación cada vez que iba para cortarme el cabello. Volví a experimentar el mismo susto, que tuve la primera vez, cuando al pasar el chinkansen (tren bala) remeció nuestro tren.
    Nuevamente en casa volví a sentirme como hace mucho no me sentía: muy feliz, con ganas de platicar, de mejor ánimo. Lo que antes fuera un martirio, hoy fue la mejor vitamina. Reencontrarme con el pasado, del que mi piojito motorizado me sacó, me hizo mucho bien. Valió la pena estar nuevamente en un tren.

Amigos Por Siempre

    Conversaba con un grupo de conocidos sobre lo que era la verdadera amistad. ¿Es por siempre? ¿Es solo circunstancial? ¿Es la confianza y afecto desinteresado entre dos personas?. Fue como charlar de fútbol, religión o política. Cada uno defendía airadamente su punto de vista.  De vuelta en casa, a solas, retomé el tema. Me acomodé en el sillón rojo de mi habitación -el CD de Vicente Fernández acompañado de mariachis me servia de fondo-, la temperatura era tibia, estaba de noche, y desde el jardín llegaba el maullido de un gato sin dueño.

    En el mes de octubre del año noventa y uno llegué al Japón. Mientras viví en el Perú, siendo estudiante universitario conocí a quien siempre consideró un hermano espiritual. Nacido en Ayacucho, de contextura ancha, un metro sesenta y dos centímetros de estatura, ojos verdes, cabello oscuro, piel blanca y con el acento propio de la región. Con Mariano -así se llamaba- compartimos gratos momentos de estudios, bohemia, mujeres, secretos y en algún momento, de trabajo. Con el tiempo cada uno siguió caminos distintos pero sin perder la comunicación; los reencuentros siempre estaban cargados de emoción y de muchas cosas que contar. El día de mi partida, en el aeropuerto “Jorge Chávez”, acompañando a mi familia estuvo presente. Nos abrazamos, lloramos y juramos que nuestra amistad era por siempre. Mi hija -con un año de nacida- era testigo. Ya instalado en éste país la comunicación se volvió algo floja, hasta perderse por completo; mi familia también nunca mas volvió a saber nada. Transcurrido un tiempo, por el website de una  televisión  peruana, me enteré que era candidato a una curul para el congreso, navegué en la red hasta encontrar su dirección electrónica, le escribí con la emoción de un familiar, con la alegría de un hermano. Su respuesta fue un saludo breve y frío.

    El destino quiso que llegara a trabajar  a la ciudad de Tobishima, era una empresa de construcción. Fue un compatriota quien me presenta al dueño de dicha firma, un japonés de gran estatura, gordo y de trato grosero. Ya tenia el trabajo, ahora el gran problema era la casa; la mía estaba a dos horas de distancia, en la ciudad de Higashiura. Nos planteamos varias alternativas, una de ellas era recurrir a las amistades, de quien me había llevado hasta aquel lugar, ellos moraban cerca. También eran peruanos, trabajaban para una empresa en el puerto de Nagoya. Michael, Iván  y yo nos veíamos por primera vez, ambos compartían un mismo apato antiguo (casa); aceptaron darme posada por un tiempo hasta que me estableciera. Pasaron seis meses. Dormía en un mueble largo que por milagro las polillas aun no habían podido traerse abajo, y no había esperanza de que pudiera mudarme a un nuevo predio. El trato era muy cordial pero, aun así, se podía percibir un tufillo de comprensible incomodidad. Decidí renunciar al trabajo. Agradecí a quienes tuvieron la generosidad de brindarme la mano desinteresadamente y regresé a mi hogar, dulce hogar. Fue con Iván: un joven de cabello lacio algo rebelde de color negro, un metro setenta aproximadamente de estatura, carácter jovial y con buen sentido de la responsabilidad;  con quien siempre seguí comunicándome, participando y compartiendo algunas amistades y reuniones. Hace muchos años él volvió al Perú para reencontrarse con su pasado y darle solución. Esta semana una vez mas me ha vuelto a escribir contándome sobre su esposa e hijos.

    Después de estar recordando y pensando largamente sobre la amistad, me puse de pie y observando el sillón rojo, tratando de imaginarme aun sentado, me dije: “Eres un afortunado, por que tienes amigos que te dieron la oportunidad de compartir  sus vidas y les permitiste compartir la tuya. Los ayudaste en su momento, como ellos a ti, para hacer más grandes las alegrías y minimizar las tristezas. Mientras los lleves  en el corazón seguirán siendo: AMIGOS POR SIEMPRE”. 

 

Machu Picchu

Lejos de la Patria

    Hoy leí una noticia que me conmovió y me llamo a la reflexión. Un peruano –como yo- fue encontrado muerto en su departamento alquilado y después de tres meses fue descubierto por el dueño del edificio. Somos muchos los que en Japón vivimos en igual situación de soledad y siempre pensamos que nunca nos ha de suceder nada, que somos de fierro (olvidando que el fierro también se oxida), que a pesar de los años transcurridos aun nos sentimos jóvenes (aunque el cabello se nos este poniendo blanco y escaso, y los huesos nos duelan cada mañana aun más y más); Si la familia muestra preocupación, desde el otro lado del mundo, algunos respondemos que “hierva mala nunca muere aunque la orinen los perros”. Siempre tendremos una jocosa respuesta para calmar a los que nos quieren y mentiremos por el miedo que, hipócritamente negamos, sentimos a la soledad, peligrosa compañera del exiliado económico –así nos llaman las organizaciones mundiales-, los extranjeros.

    Era de mañana, tarareaba una canción de Joaquín Sabina, apuraba el paso, había trabajado toda la noche, el camino de ida y vuelta lo podía transitar con los ojos cerrados, ese nuevo día fue diferente. Cuando estaba cerca de casa me tope con un carro patrullero, sentí temor, ya estaba frente a ellos (los policías), no me prestaron la menor atención, andaban ocupados entrando y saliendo de una casa; curioso pregunte a unos de los japoneses, que observaba atento, por lo que había acontecido: “encontraron a un hombre que llevaba muerto dos días y nadie se dio cuenta, sino, hasta que el mal olor alerto a los vecinos”, me respondió. El difunto al igual que yo vivía solo.

    En el mes de Enero hubieron tres días en los que mi estado anímico me jugo una mala pasada, muchos sentimientos se chocaban en mi interior y termine navegando por las peligrosas aguas de la depresión. Mi pequeña casa alquilada se convirtió en mi mundo y las paredes en los amigos con quien charlar; de la cocina a limpiar la casa, de la computadora a los libros, de la tele al dvd. El recuerdos de la familia y el de la mujer amada, eran balas que a quemarropa se descerrajaban en mi alma. Sin proponérmelo me auto secuestré por setenta y dos horas. Al cuarto día, muy de mañana, la dueña del predio me toco la puerta, una señora anciana, traía una bolsa de mandarinas.

- Buenos días Mizuno sam.
- Javier sam buenos días; ¿Cómo esta?
- Bien; ¿ porqué?
- Su auto lleva estacionado tres días y ningún vecino lo ha visto.
- He estado ocupado haciendo oficio – respondí sonriendo.
- Me preocupa que viva solo, le puede suceder algo y nadie lo sabría. Seria bueno que saliera un momento para dejarse ver. cuando este en casa.
- Disculpe por preocuparla.
- No tiene a nadie y lo aprecio como a un familiar.

    Seguimos conversando un rato mas, me entrego las frutas y se marcho; admito que sentí el deseo de besarla en la frente, como si fuera la madre de mis padres.

    Fue en la provincia de Kanagawa, en la ciudad de Yamato donde hallaron al compatriota extinto.

    Encontramos la forma de cómo llegar a este país, pero no sabemos como volveremos a nuestro país.

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