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Archive for the ‘Anecdota’ Category

Japón por estos meses se vuelve un país gélido, a pesar que llevo más de una década radicando en el archipiélago asiático mi cuerpo aún no ha logrado aclimatarse. Ya se me pegó la gripe y de seguro me acompañará por muchas semanas, razón por la cual debo tomar algunas medidas de prevención y poder controlar el malestar que suele generar esta menuda enfermedad.

 

La mayoría de hogares tienen un calentador de agua conectado a la tubería que se une con el grifo de la cocina – funcionan con gas – pero en mi casa – como buen  soltero – dicho aparato brilla por su ausencia. Es justo en éste mes de diciembre, cuando lamento no haber solicitado su instalación. El agua sale tan fría que bastan dos segundos para que las manos duelan insoportablemente, especialmente por la noche cuando la temperatura desciende a 3 o 5 grados centígrados.

 

La solución que encontré para superar este descuido, y no terminar convirtiéndome en un oso polar o en el hombre de hielo, es calentar dos litros de agua, vaciar un poco en una pequeña tina de plástico para lavarme el rostro, luego otro tanto para la higiene bucal. Por suerte el ofuro (pequeña bañera) si cuenta con el calentador de agua. El problema lo tenia para lavar los trastos de la cocina, esto lo superé usando un par de guantes de lana dentro de otros de jebe. Todo marchaba bien hasta que se me agujereó.

 

El día miércoles de la semana pasada, por la tarde, de regreso a casa, pasé por la tienda que ofrece todo a 100 yenes – mas barato que una  lata de cualquier bebida gaseosa – recordé que necesitaba el bendito guante. Ingresé al local y al unísono un coro de voces femeninas saludó mi llegada con un sonoro ¡Bienvenido!. Un lugar sumamente limpio, extremadamente ordenado, bastante iluminado, y con un derroche de amabilidad, sonrisas y atenciones por parte de las damitas niponas.

 

Lo primero que vi al abrirse las puertas automáticas fueron los adornos alusivos a la navidad, tanto a mi izquierda como a mi derecha los Santa Claus, las campanitas, los arbolitos, las coronas, estrellas y todo lo que se necesita para estas fiestas allí se exhibían; avancé unos pasos, esta vez a mi izquierda se mostraban los útiles de escritorio, y a mi diestra los artículos de tocador. Giré a la derecha y caminé unos diez metros hasta que me topé con el sitio donde se encontraban los guantes de jebes. Frente a mí tenia una variedad de colores, tallas y marcas, elegí un par de color celeste; me apersoné a la cajera, cancelé (saldar, pagar) y me marché rumbo a casa.

 

Ya en mi “cueva”, sobre la mesa de la cocina dejé mi nueva compra. Calenté agua en el ofuro y me di un relajante baño. Mientras los músculos aflojaban dentro del cálido liquido cantaba una composición “mía de mi” dedicada al amor. Una vez terminada la operación higiene personal vestí la sudadera que suelo usar dentro de casa. Siempre de buen humor me dispuse a abrir la bolsa de los guantes de jebe, cuando: “¡Carajo!… ¿Que coño es esto?” “¿Cómo dicen que en Japón todo es perfecto?… ¡No jodan! Resulta que al interior de la mencionada bolsa había dos guantes izquierdos. “Mañana verán estos despistados”, afirmé con voz amenazante.

 

Al día siguiente volví al local con el pecho hinchado como pavo navideño, llevando mil frases en la cabeza para despotricar contra la primera persona que se me pusiera enfrente, según yo reclamaría mi justo derecho como cliente ofendido. No me importó el gentil saludo con el que me recibieron, me dirigí raudo a la cajera. Ella estaba de espaldas, al oír mi saludo giro con suavidad, yo estaba listo para disparar mi perorata pero quede mudo; era una jovencita muy guapa – de la edad aproximada de mi hija -, sonrió y con mucha amabilidad me pregunto que deseaba – ¿Cómo podía ser grosero con quien podría ser mi hija? -, le explique:

 

   Ayer vine y compré estos guantes, pero resulta que ambos son izquierdos.

   Déjeme ver… ¿Cuál es el problema? – sonrió.

   Es que yo necesito uno para cada mano y al parecer se equivocaron – manifesté.

   No señor… acá está escrito que ambos son izquierdos – señalándome el kanji (letra).

   ¡Huyyy!…disculpe. – respondí avergonzado al reparar mi error.

   ¿Desea otro par para la mano derecha?

   Si por favor – en ese momento pensaba “trágame tierra”.

   Sígame por favor…

 

Juntos fuimos al lugar donde estaba la cantidad variada de guantes. Cogió una bolsa y señalando el kanji que significa derecho me lo ofreció, al recibirle le pregunte cuál era el otro kanji que significaba para ambas manos, cogió otra bolsa y me lo mostró.  Haciendo una reverencia le agradecí, ella me respondió con otra reverencia acompañada de una bonita sonrisa y se retiró. A solas empecé a sudar de vergüenza recordando todo lo que había pensado en mi apato (departamento)  por no haber leído lo que estaba escrito. Fui nuevamente donde la cajera y pagué calladito.

 

Una vez fuera del local caminé rápidamente hasta mis aposentos, tan veloz como quien tiene diarrea y precisa de un baño urgentemente. Vaya todo el problema que me armé y, solo había sido cuestión de lectura.

 

guantes-2

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Me hallaba paseando dentro del centro comercial cercano a mi casa, distrayendo la vista con tanta belleza que solo se puede ver y no tocar, cuando a lo lejos distinguí a un buen amigo; raudamente me acerqué a saludarlo. Él se encontraba con su pequeño hijo de cinco años de edad. Mientras charlaba, el enano empezó a corretear cerca de nosotros. Llevábamos quince minutos de “cotorreo” cuando el pequeñín le coge la mano a su padre e intenta llevárselo a un “chucito” (tienda) de venta de helados.

        – ¡Papá ven! -exige el niño.
        – Espera que estoy conversando -respondió el padre.
        – ¡Ven te he dicho! -vuelve a exigir el nene.
        – No seas malcriado – le llama la atención.
        – ¡Ya no te quiero! – responde.
        – Ok… muy bien -le dice el papá.
        – ¡Malo¡… ¡buaaa¡… ¡buaaa¡ -estalló en llanto el niño.

    Yo contemplaba la escena con una suave sonrisa. Después de un breve momento, teniendo como música de fondo la chilladera (llanto) del crío, continuamos la conversación hasta que se hizo insoportable. “Mejor ve lo que quiere tu hijo” -le sugerí.

        – Bueno, ¡ya para la lloriqueada! ( llorar) -lo regañó.
        – ¡Buaaa!…¡ buaaa!… ¡buaaa!
        – ¿Dime qué quieres? -preguntó al nene.
        – Snif… snif… snif -fue calmándose.
        – ¡A ver habla! -le dijo algo molesto.
        – Snif… snif… quiero helado -fue la respuesta.
        – ¡Helado… nooo! -inmediatamente se lo negó.
        – ¡Sí… quiero un helaaadooo! -insistió el crío.
        – Papito… te vas a enfermar -con tono cariñoso le responde el padre.
        – ¡ME QUIERO ENFERMARRRRR! -fue la contundente respuesta.

    Mi amigo y yo estallamos en una carcajada imparable. Riéndome me incliné frente al pequeño y abrazándolo le dije: “ya papito… yo te voy a comprar el helado”.

        – Quiero que me lo compre él -señaló a su papá.
        – Mira éste canijo, todavía quiere que yo gaste – me dijo el amigo.
        – No te preocupes igual lo compro -le respondí.
        – Gracias cumpita – agradeció sonriendo mientras yo compraba el helado.
        – Toma tu helado… enférmate con gusto -le dije al nene al entregárselo.

    Continuamos la platica unos minutos mas y luego con un fuerte abrazo nos despedimos sin antes recordarle: ¡Oye… no olvides que tu hijo en cada verano SE QUIERE ENFERMARRR!.


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Esta anécdota sucedió el mes pasado, en una de las tardes que me encontraba de visita en casa de mis sobrinos Jared (6 años) y Brian (4 años). Indira, la madre de ellos, me pidió que fuéramos al centro comercial cercano a su casa para hacer algunas compras, mientras su esposo Julio descansaba. Todos con pasaporte sudamericano.

    En la casa de ellos se tiene por regla, para los niños, hablar en español. Solo en la escuela o con sus amiguitos pueden expresarse en japonés. Esto ha permitido que ambos manejen sin ningún problema ambos idiomas y les resulte fácil comprender lo que ven en la televisión japonesa y latina.

    Ambos nenes saben que al tío Javier le molesta mucho que le hablen en japonés por que supuestamente el no entiende. Se cuidan mucho y apenas se les escapa una frase en japonés inmediatamente se corrigen. Son sorprendentemente inteligentes y de un gran corazón.

    Indira conducía su pequeño automóvil de color plomo, los niños iban en el asiento trasero y yo de copiloto. Llegamos al centro comercial, caminamos un poco en su interior viendo escaparates, luego ella realizó sus compras y todos nuevamente volvimos al mini coche. Ya en la ruta de regreso, Brian empieza el siguiente dialogo:

     – ¡Yo quiero eso!…
     – ¿Qué es eso? – dice su mamá.
     – ¡Uno así!… – responde él.
     – ¿Pero que cosa papito? – pregunta ella.
     – ¡Un carro!… – respondió.
     – ¿Cuál? – le pregunta su madre.
     – De ése color – le responde.
     – ¿De qué color? – preguntó Indira
     – Hum… como ése – dudó un poco para responder.
     – ¿De qué color mi rey? – nuevamente preguntó la mamá
     – Hum… Hum – no recordaba la palabra en español.

    Yo observaba a Brian por el retrovisor, que con esos ojos grandes y esa pícara sonrisa miraba a su mamá y luego a mí como preguntándose: ¿Y ahora qué digo?. Escuchaba que repetía en voz baja la palabra azul pero en japonés.

     – Papito si no me dices que color no voy a saber cuál – dijo Indira.
     – ¡Blue!… ¡Blue!… ¡Blue! – respondió Brian en voz alta.

    No pudimos contener la risa ante la salida inteligente del pequeño que al no recordar la palabra en español y saber que no debía hablar en japonés no encontró mejor salida que decirlo en ingles.

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Antonio tenia días de haber llegado al Japón, a la ciudad de Toyohashi, y como era de suponer no entendía nada del idioma japonés – es lo que inmediatamente nos dimos cuenta -. Solía mostrarse como una persona pícara, astuta, alguien a quien nadie podría engañarle. Los que vivíamos en aquella casa (propiedad del contratista) llevábamos un ritmo de vida algo agitado: levantarnos muy temprano, asearnos, prepararnos el desayuno, ponerse la ropa de trabajo y salir a la puerta, esperando la llegada de la movilidad que nos llevara a la fábrica procesadora de pescado; regresar después de doce horas de haber estado dentro de cámaras frigoríficas, hornos y variedad de máquinas. Cansados, echando bromas, solíamos turnarnos cada noche para preparar la cena de los seis muchachones, incluído para nuestro nuevo integrante que todavía no laboraba. Cierto día, reunidos en la hora de descanso, acordamos proponerle a “Toño” (Antonio) que nos preparase diariamente la cena, con el beneficio de servirse y no aportar dinero para la olla comunitaria. Aceptó sin objeción.
    A la mañana siguiente, al despedirnos, nos avisó que prepararía “fréjoles con pollo frito”, todos celebramos el anuncio. Lo que aconteció con el pobre muchacho fue de no creerlo pero para terminar partiéndose de la risa. De vuelta en casa, con hambre de náufrago, nos servimos ordenadamente. “Oye, te quedó muy bien”, “Felicitaciones, excelente compadre”, “Huy que buena mano”; uno a uno le expresaban su satisfacción. Un colega y yo le sentimos un saborcito raro al platillo pero no le dimos importancia. “Barriga llena, corazón contento” reza un dicho popular.
    Muchachos tengo que contarles algo – anuncio Toñito -. Habla cumpita, ¿qué fue? – respondió uno de nosotros -. El rostro de nuestro chef “trafa” poco a poco fue cambiando de color, estaba rojo cuando inició su relato. “Para preparar los fréjoles no tuve ningún contratiempo, el problema fue con el pollo – lo escuchábamos con atención -. Ya le había rociado la sal y la pimienta cuando me percaté que no tenia a la mano el aceite, busqué por todos lados sin mayor resultado, de pronto en uno de los cajones vi varias botellas de plástico de diferentes colores: Verde, naranja y amarillo; supuse que éste último era el aceite. Encendí la cocina, puse la sartén, destapé la botella y vacié su contenido, esperé que calentara un poquito. Lo que me llamó la atención fue que no chispeara como es común, pensé que en éste país habían inventado éste tipo de aceite para no quemarse las manos. También me pareció raro que se formara una espuma… en fin en Japón todo es moderno, fue mi respuesta. Al colocar el pollo vi que los minutos pasaban y seguía crudo, peor aun, lentamente se empezaba a sancochar. ¿Qué carajo pasa? Me pregunte. Rápidamente apagué el fuego y lo probé, grande fue mi sorpresa al comprobar que tenia sabor a detergente. ¡Pucha la cagué! Exclame resignado. Inmediatamente lavé cada presa. Fui a la vecina, con señas y repitiendo “oil” “oil”, logré que viniera a ayudarme, ella cogió del repostero un frasco pequeño que también le había visto pero pensé que era vinagre – era el aceite de oliva con la etiqueta escrita en kanji (escritura japonesa) -. Lavé la sartén y recién pude fritar el pollo casi sancochado. Eso fue lo que aconteció colegas.”
    Todos nos miramos entre sí, y estallamos en una risotada. “No joda mi hermano, usted si consiguió lo que mi viejita nunca pudo ¡carajo!. Lavarme la boca con detergente por toda la grosería que suelo hablar” fue mi comentario sin poder contener la risa, ni evitar las lágrimas.

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    Es la anécdota del año noventa y uno que jamás podré olvidar por la verguenza que me tocó vivir en Holanda, aeropuerto de Ámsterdam, específicamente en uno de sus baños. Tenía poco de haber llegado a ésta inmensa terminal aérea y esperaba, junto a otros compatriotas, diera la hora para abordar el nuevo avión que nos llevaría al Japón. Todo marchaba bien, paseando por sus tiendas, lanzando piropos a tan hermosas mujeres en un idioma que no entendían pero sonreían; orgullosos como latinos de ver el CD de Juan Luis Guerra en las vitrinas, asombrados con un inmenso diamante, todo tan moderno y ahí nosotros silbando el “cóndor pasa”. Hasta ese instante creí que nada podía cortarme ese buen momento, me equivocaba… vaya que sí. Fue cuando desde mi vientre un ligero sonido se dejó escuchar cual trompetas reales que anuncian la llegada de una visita especial, le resté importancia. Pasados unos minutos el ruido vino acompañado de un retortijón, acto seguido mi tubo digestivo no pudo más dejando escapar una flatulencia. Traté de estar serio observando el infinito disimulando lo sucedido, fui en busca del baño apresurando el paso y zigzagueando, arrepintiéndome de toda la comida ingerida y pidiendo a no sé que divinidad mitológica me ayudara a mantener la contracción en el interior de mis nalgas. Aturdido y empapado de sudor no lograba encontrar el bendito trono del placer. Fue gracias a una amable señora que al ver mi desesperación y mis delatadores gestos quien me orienta como llegar a los sanitarios. Entré a toda prisa, elegí la primera puerta, cerré con fuerza y desesperación, intentaba soltarme el cinturón del pantalón no pudiendo evitar aquel bailecito impaciente. Al fin logré sentarme, lo que vino después solo fue una retahíla de: Ufff!!!, Ahhh!!!, Humm!!!. Aliviado de la sobrecarga que hacia unos minutos me había torturado busqué con la mirada el papel higiénico, ahí estaba. Cumplida con toda la ceremonia que la situación ameritaba me dispuse a dejar correr el agua.-¡ Mierda!- ¿Cómo funciona ésto? Fue la pregunta del millón de dólares mientras un fuerte hedor se apoderaba del ambiente y el bendito dispositivo no aparecía por ningún lado. Observe por la rendija de la puerta esperando a que todos se fueran para poder fugar pero cada vez mas gente entraba y salía. Pasaron diez, veinte, veinticinco minutos, alguien tocó la puerta, nuevamente estaba transpirando, pero esta vez de vergüenza. Con la palma de la mano empecé a rozar las paredes hasta que al fin pude dar con el diminuto censor que se encontraba como parte del dibujo en una de las mayólicas. Pasado el mal momento al acercarme al espejo, me vi con una cara de felicidad celestial, lavé mis manos, el rostro y me mojé el cabello. Reunido nuevamente con el grupo de viaje, entre bromas, me contaron que estuvieron buscándome. Ya en pleno vuelo mi compañero de asiento me preguntó qué opinión tenia de la breve estadía en aquel aeropuerto, a lo que sonriendo le respondí: “Nunca olvidaré Ámsterdam”.

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