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Posts Tagged ‘Anecdota’

El AhogadoCrecí como muchos niños escuchando historias de fantasmas y brujas, algunas veces me las creí y asustado pasé muchas trasnochadas siempre alerta para salir volado por si algún espectro despistado venía a visitarme. Cuando descubrí que todo era puro cuento, una farsa de los mayores para mantenernos alejados de algunos sitios, empecé a inventar mis propias historias que luego se las relataba a la collera (amigos), llegando incluso a jurar “por diosito” con tal que se tragaran el cuento y esa noche sufrieran de insomnio…

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atardecer1El ímpetu de aquellos besos llenos de fogosidad nos hizo vulnerables a las ordenes excitantes del deseo, desbordándose en ambos el copioso afluente liquido seminal. Sus ojos marrón claro y los míos habían dejado de ser los de una pareja latina, eran dos líneas horizontales de un rostro oriental; ambos sonreíamos. “Te amo”, me dijo. Yo guardé silencio, observabandola fijamente, tratando de perpetuar su rostro juvenil en mi memoria. “Te quiero”, la escuché decir, yo solo la abracé. Dejamos transitar unos minutos, luego nos pusimos de pie, nuevamente nos abrazamos; el diminuto bikini amarillo cubriendo su húmedo sexo se unió a mi húmeda sunga. Abrazándola la besé a la vez que le decía “nunca te olvidaré”…

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Japón por estos meses se vuelve un país gélido, a pesar que llevo más de una década radicando en el archipiélago asiático mi cuerpo aún no ha logrado aclimatarse. Ya se me pegó la gripe y de seguro me acompañará por muchas semanas, razón por la cual debo tomar algunas medidas de prevención y poder controlar el malestar que suele generar esta menuda enfermedad.

 

La mayoría de hogares tienen un calentador de agua conectado a la tubería que se une con el grifo de la cocina – funcionan con gas – pero en mi casa – como buen  soltero – dicho aparato brilla por su ausencia. Es justo en éste mes de diciembre, cuando lamento no haber solicitado su instalación. El agua sale tan fría que bastan dos segundos para que las manos duelan insoportablemente, especialmente por la noche cuando la temperatura desciende a 3 o 5 grados centígrados.

 

La solución que encontré para superar este descuido, y no terminar convirtiéndome en un oso polar o en el hombre de hielo, es calentar dos litros de agua, vaciar un poco en una pequeña tina de plástico para lavarme el rostro, luego otro tanto para la higiene bucal. Por suerte el ofuro (pequeña bañera) si cuenta con el calentador de agua. El problema lo tenia para lavar los trastos de la cocina, esto lo superé usando un par de guantes de lana dentro de otros de jebe. Todo marchaba bien hasta que se me agujereó.

 

El día miércoles de la semana pasada, por la tarde, de regreso a casa, pasé por la tienda que ofrece todo a 100 yenes – mas barato que una  lata de cualquier bebida gaseosa – recordé que necesitaba el bendito guante. Ingresé al local y al unísono un coro de voces femeninas saludó mi llegada con un sonoro ¡Bienvenido!. Un lugar sumamente limpio, extremadamente ordenado, bastante iluminado, y con un derroche de amabilidad, sonrisas y atenciones por parte de las damitas niponas.

 

Lo primero que vi al abrirse las puertas automáticas fueron los adornos alusivos a la navidad, tanto a mi izquierda como a mi derecha los Santa Claus, las campanitas, los arbolitos, las coronas, estrellas y todo lo que se necesita para estas fiestas allí se exhibían; avancé unos pasos, esta vez a mi izquierda se mostraban los útiles de escritorio, y a mi diestra los artículos de tocador. Giré a la derecha y caminé unos diez metros hasta que me topé con el sitio donde se encontraban los guantes de jebes. Frente a mí tenia una variedad de colores, tallas y marcas, elegí un par de color celeste; me apersoné a la cajera, cancelé (saldar, pagar) y me marché rumbo a casa.

 

Ya en mi “cueva”, sobre la mesa de la cocina dejé mi nueva compra. Calenté agua en el ofuro y me di un relajante baño. Mientras los músculos aflojaban dentro del cálido liquido cantaba una composición “mía de mi” dedicada al amor. Una vez terminada la operación higiene personal vestí la sudadera que suelo usar dentro de casa. Siempre de buen humor me dispuse a abrir la bolsa de los guantes de jebe, cuando: “¡Carajo!… ¿Que coño es esto?” “¿Cómo dicen que en Japón todo es perfecto?… ¡No jodan! Resulta que al interior de la mencionada bolsa había dos guantes izquierdos. “Mañana verán estos despistados”, afirmé con voz amenazante.

 

Al día siguiente volví al local con el pecho hinchado como pavo navideño, llevando mil frases en la cabeza para despotricar contra la primera persona que se me pusiera enfrente, según yo reclamaría mi justo derecho como cliente ofendido. No me importó el gentil saludo con el que me recibieron, me dirigí raudo a la cajera. Ella estaba de espaldas, al oír mi saludo giro con suavidad, yo estaba listo para disparar mi perorata pero quede mudo; era una jovencita muy guapa – de la edad aproximada de mi hija -, sonrió y con mucha amabilidad me pregunto que deseaba – ¿Cómo podía ser grosero con quien podría ser mi hija? -, le explique:

 

   Ayer vine y compré estos guantes, pero resulta que ambos son izquierdos.

   Déjeme ver… ¿Cuál es el problema? – sonrió.

   Es que yo necesito uno para cada mano y al parecer se equivocaron – manifesté.

   No señor… acá está escrito que ambos son izquierdos – señalándome el kanji (letra).

   ¡Huyyy!…disculpe. – respondí avergonzado al reparar mi error.

   ¿Desea otro par para la mano derecha?

   Si por favor – en ese momento pensaba “trágame tierra”.

   Sígame por favor…

 

Juntos fuimos al lugar donde estaba la cantidad variada de guantes. Cogió una bolsa y señalando el kanji que significa derecho me lo ofreció, al recibirle le pregunte cuál era el otro kanji que significaba para ambas manos, cogió otra bolsa y me lo mostró.  Haciendo una reverencia le agradecí, ella me respondió con otra reverencia acompañada de una bonita sonrisa y se retiró. A solas empecé a sudar de vergüenza recordando todo lo que había pensado en mi apato (departamento)  por no haber leído lo que estaba escrito. Fui nuevamente donde la cajera y pagué calladito.

 

Una vez fuera del local caminé rápidamente hasta mis aposentos, tan veloz como quien tiene diarrea y precisa de un baño urgentemente. Vaya todo el problema que me armé y, solo había sido cuestión de lectura.

 

guantes-2

Tu opinión es importante.

 

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La semana que pasó fue de días llenos de tensión para cierto sector de la comunidad latina. Últimamente las noticias de grandes desastres naturales por causa de las torrenciales lluvias y fuertes sismos en diferentes áreas del archipiélago japonés han tenido con los nervios a flor de piel a muchas familias. La cantidad de damnificados y desaparecidos como consecuencia del comportamiento climático y el movimiento de las capas tectónicas han sido preocupantes, según lo que se ha podido apreciar a través de los noticieros.

    Algo más grande tenia alarmados a los extranjeros, una noticia catastrófica se había filtrado en muchos centros laborales. “Se nos viene un mega terremoto” era el comentario diario. Éste dato corrió como reguero de pólvora por varias ciudades, despertando el miedo lógico de quienes prestaban oído a tal información. Así empezaron a tomar sus previsiones: agua, comida enlatada, linternas, casa de campaña (carpas), ropa, móvil (celular) y tarjeta para llamada internacional -al menos una. Algunas familias se habían organizado para dormir junto a sus niños, el día señalado de la convulsión terrestre, dentro de sus autos estacionados en algún parque cercano.

    Lo primero que me cuestioné fue: ¿Cómo coño nació todo esto? Si hasta donde estaba informado sabia que ningún país del mundo aun puede prevenir un movimiento telúrico de gran magnitud con tanta anticipación, y lo único que Japón a logrado es enviar a los usuarios de los teléfonos móviles, de la empresa docomo, un mensaje, ocho segundos previos al suceso. Tratando de encontrar una respuesta busqué información en Internet y grande fue mi sorpresa al enterarme que no era un sismólogo el que había motivado todo éste estado de alerta general entre muchos sudamericanos, sino que era un pitoniso de pacotilla (poca importancia) el culpable del infausto vaticinio.

    Según el seudo médium brasileño Jucelino Nobrega Da Luz, el día trece de septiembre, en horas de la madrugada, el mundo seria testigo de la peor desgracia sísmica en el Japón. Un gran terremoto de magnitud 9.1 grados en la escala de Richter sacudiría la sub-región nipona de Tokai comprendida por las prefecturas: Achi; Mie; Shizuoka y Gifu. El numero de victimas supuestamente llegarían a pasar el millón de personas. Estas falsas premoniciones fueron recogidas por ciertos medios de comunicación japonesas como también extranjeras y difundidas irresponsablemente.    

     Yo, que soy un incrédulo, a diferencia de varias amistades dormí plácidamente. El único temblor que tuve ésa noche fue el de mis hormonas, por el excitante sueño que se apodero de mi cuerpo mientras me hallaba enredado en los brazos de la hija de Morfeo (Dios mitológico de los sueños), generándome una sueñera hidráulica reacción corporal.

 
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Me hallaba paseando dentro del centro comercial cercano a mi casa, distrayendo la vista con tanta belleza que solo se puede ver y no tocar, cuando a lo lejos distinguí a un buen amigo; raudamente me acerqué a saludarlo. Él se encontraba con su pequeño hijo de cinco años de edad. Mientras charlaba, el enano empezó a corretear cerca de nosotros. Llevábamos quince minutos de “cotorreo” cuando el pequeñín le coge la mano a su padre e intenta llevárselo a un “chucito” (tienda) de venta de helados.

        – ¡Papá ven! -exige el niño.
        – Espera que estoy conversando -respondió el padre.
        – ¡Ven te he dicho! -vuelve a exigir el nene.
        – No seas malcriado – le llama la atención.
        – ¡Ya no te quiero! – responde.
        – Ok… muy bien -le dice el papá.
        – ¡Malo¡… ¡buaaa¡… ¡buaaa¡ -estalló en llanto el niño.

    Yo contemplaba la escena con una suave sonrisa. Después de un breve momento, teniendo como música de fondo la chilladera (llanto) del crío, continuamos la conversación hasta que se hizo insoportable. “Mejor ve lo que quiere tu hijo” -le sugerí.

        – Bueno, ¡ya para la lloriqueada! ( llorar) -lo regañó.
        – ¡Buaaa!…¡ buaaa!… ¡buaaa!
        – ¿Dime qué quieres? -preguntó al nene.
        – Snif… snif… snif -fue calmándose.
        – ¡A ver habla! -le dijo algo molesto.
        – Snif… snif… quiero helado -fue la respuesta.
        – ¡Helado… nooo! -inmediatamente se lo negó.
        – ¡Sí… quiero un helaaadooo! -insistió el crío.
        – Papito… te vas a enfermar -con tono cariñoso le responde el padre.
        – ¡ME QUIERO ENFERMARRRRR! -fue la contundente respuesta.

    Mi amigo y yo estallamos en una carcajada imparable. Riéndome me incliné frente al pequeño y abrazándolo le dije: “ya papito… yo te voy a comprar el helado”.

        – Quiero que me lo compre él -señaló a su papá.
        – Mira éste canijo, todavía quiere que yo gaste – me dijo el amigo.
        – No te preocupes igual lo compro -le respondí.
        – Gracias cumpita – agradeció sonriendo mientras yo compraba el helado.
        – Toma tu helado… enférmate con gusto -le dije al nene al entregárselo.

    Continuamos la platica unos minutos mas y luego con un fuerte abrazo nos despedimos sin antes recordarle: ¡Oye… no olvides que tu hijo en cada verano SE QUIERE ENFERMARRR!.


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Playa Besique

Playa Besique

Cuando era un adolescente me tocó vivir uno de los momentos más bochornosos de mi vida, de ésos que pasado algún tiempo y el peligro lo recuerdas como una anécdota.

El protagonista, en aquél entonces era un joven de apenas quince años: delgado, de mirada seductora, labios sensuales y con una sonrisa pícara (insinuadora), digamos que aceptable a los ojos femeninos, en todo caso así me veía en el espejo o así quería verme. Bueno, aquél “Adonis” está por demás decir que era yo. Lo cierto es que era un joven romántico -hasta ahora lo soy- y vivía enamorado de cuanta niña hermosa se me cruzara por el camino, no escatimaba esfuerzo por conseguir robarle unos besos.
    
    Cierto día de verano, el grupo de amigos organizó un paseo a una de las playas cercanas al distrito de Chimbote, en el norte del Perú, llamada “Besique”. Todos irían con su pareja, además invitarían a algunas amigas para los que estábamos sólo. Llegado el día nos reunimos en el paradero de los autobuses a la hora acordada, diez de la mañana, en la plaza 28 de Julio. Dentro del vehículo cada uno se acomodó de acuerdo a su conveniencia. Yo le había echado el ojo a una mocita muy guapa; durante toda la hora que duró el trayecto, conversamos, nos reímos y por ahí una que otra tocada de mano…. El día era caluroso y pintaba excelente.

    La playa de Besique estaba rodeada de una cadena interminable de cerros. A muchos metros del mar se alzaban una hilera de pequeños restaurantes rústicos, administrados en su mayoría por pescadores artesanales. Colindante con el océano se hallaban unos grandes peñascos (cerros de piedra). El lugar era inmenso y alejado de la civilización.

    Apenas descendimos de la chatarrita que nos había transportado hasta nuestro paraíso juvenil, empezamos a emparejarnos, lógicamente yo iba con la niña que me había deslumbrado desde un inicio. Entre toda la collera (amigos) elegimos dirigirnos a una pequeña bahía cercana, quince minutos caminando, para lo que se debía cruzar un gran cerro de arena y piedra. Iniciamos la marcha. Unos iban echando relajo, otros demostrando sus dotes de orador -entre ellos éste humilde servidor- y los demás jugando a la pega (tocar con la mano a quien se persigue a las carreras), aunque para ser sincero éste jueguito servía para tocarles las nalgas a las muchachitas.

    Ya enfrente de aquella encumbrada colina arenosa empezó el ascenso. Los varoncitos sudorosos, agitados pero con la cabeza llena de ilusiones tratábamos de mostrar nuestra mejor sonrisa. Estábamos en la mitad del camino cuando alguien gritó: ¡Por acá hay un atajo!. Todos nos dirigimos hacia aquel camino que nos ahorraría el desgaste físico. La trocha medía aproximadamente entre cincuenta o sesenta centímetros de ancho, bordeaba todo el cerro y se encontraba a una altura de 30 metros o más desde el nivel del mar. Uno a uno iniciaron el recorrido pegando la espalda al cerro, guardando el equilibrio con gran sangre fría. No había andarivel que nos protegiera del peligro de caer sobre las peñas que azotaban las olas.

    Todo estaba “chévere” (bien) hasta que tocó mi turno, al igual que los demás avancé, poco a poco, lentamente, evitando mirar hacia abajo. Llevaba un poco más de la mitad cuando los nervios me traicionaron y sentí como si el cuerpo se me fuera hacia delante, pegué con fuerza la espalda al cerro, por más que intenté avanzar, no pude, mis piernas no obedecían las ordenes de mi cerebro; entré en pánico. Mis amigos al percatarse de mi situación empezaron a alentarme: ¡Vamos, Javier tu puedes! ; ¡Tranquilo amigo! ; ¡Avanza de a poquito Javi! Todo fue en vano. Cuando la circunstancia se tornó desesperante fueron en busca de ayuda.

    Desde donde me encontraba, envuelto entre el miedo y la vergüenza, la observé, estaba con su carita triste, preocupada, con esos ojitos llorosos… la vi rezar.

    Después de un buen rato llegaron los súper héroes, eran pescadores acostumbrados a desafiar el peligro, se armó todo un operativo. Uno se me acercó por el lado derecho y otro por el lado izquierdo, ambos estaban sujetos por cuerdas desde arriba, parecían alpinistas, uno de ellos traía una gruesa madera que luego cruzo fuertemente a la altura de mi pecho, cada uno sujetaba en un extremo. Me ordenaron con voz firme avanzar. Nuevamente me volvió la confianza y avancé lentamente los aproximados siete metros que faltaban para salir de aquella pesadilla. Al final llegaron los aplausos y toda manifestación de alegría de parte de la gran multitud de curiosos que para entonces se habían congregado. Emocionado agradecí a cada uno de éstos valerosos hombres de mar, los mismos que me llevaron hacia un rincón y me dieron una “gran puteada” advirtiéndome que no volviera a intentar nuevamente aquella acción. Calculo que todo duró algo más de dos horas desde el inicio de aquella bochornosa situación hasta el rescate

    Pasado el susto toda la pandilla terminamos el descenso hasta la pequeña bahía. Ya instalados surgieron los comentarios, nos bañamos, nos divertimos hasta que nos dieron las cinco de la tarde, hora de regresar. Todos volvieron a cruzar por el atajo, a mí me tocó subir y bajar aquel gigantesco cerro; ya lo dice aquel refrán: “Mas vale prevenir que lamentar.”

    Nunca llegué a sentir los labios de la niña que tanto me había ilusionado, solo pude tomarla de la mano durante nuestra estancia frente al mar. Jamás la volví a ver desde aquél día.


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Esta anécdota sucedió el mes pasado, en una de las tardes que me encontraba de visita en casa de mis sobrinos Jared (6 años) y Brian (4 años). Indira, la madre de ellos, me pidió que fuéramos al centro comercial cercano a su casa para hacer algunas compras, mientras su esposo Julio descansaba. Todos con pasaporte sudamericano.

    En la casa de ellos se tiene por regla, para los niños, hablar en español. Solo en la escuela o con sus amiguitos pueden expresarse en japonés. Esto ha permitido que ambos manejen sin ningún problema ambos idiomas y les resulte fácil comprender lo que ven en la televisión japonesa y latina.

    Ambos nenes saben que al tío Javier le molesta mucho que le hablen en japonés por que supuestamente el no entiende. Se cuidan mucho y apenas se les escapa una frase en japonés inmediatamente se corrigen. Son sorprendentemente inteligentes y de un gran corazón.

    Indira conducía su pequeño automóvil de color plomo, los niños iban en el asiento trasero y yo de copiloto. Llegamos al centro comercial, caminamos un poco en su interior viendo escaparates, luego ella realizó sus compras y todos nuevamente volvimos al mini coche. Ya en la ruta de regreso, Brian empieza el siguiente dialogo:

     – ¡Yo quiero eso!…
     – ¿Qué es eso? – dice su mamá.
     – ¡Uno así!… – responde él.
     – ¿Pero que cosa papito? – pregunta ella.
     – ¡Un carro!… – respondió.
     – ¿Cuál? – le pregunta su madre.
     – De ése color – le responde.
     – ¿De qué color? – preguntó Indira
     – Hum… como ése – dudó un poco para responder.
     – ¿De qué color mi rey? – nuevamente preguntó la mamá
     – Hum… Hum – no recordaba la palabra en español.

    Yo observaba a Brian por el retrovisor, que con esos ojos grandes y esa pícara sonrisa miraba a su mamá y luego a mí como preguntándose: ¿Y ahora qué digo?. Escuchaba que repetía en voz baja la palabra azul pero en japonés.

     – Papito si no me dices que color no voy a saber cuál – dijo Indira.
     – ¡Blue!… ¡Blue!… ¡Blue! – respondió Brian en voz alta.

    No pudimos contener la risa ante la salida inteligente del pequeño que al no recordar la palabra en español y saber que no debía hablar en japonés no encontró mejor salida que decirlo en ingles.

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