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Posts Tagged ‘Cronica’

Ocurre que algunas personas tienen la virtud de poder ayudar a los demás a despejar de su mente los pensamientos que les hacen daño, de transmitir paz y confianza para que tomen una decisión acertada, o que logren desterrar el gran dolor que les aprieta el corazón para volver aspirar con muchas ganas el oxigeno que da el amor y continuar llenos de esperanzas por la vida.

Pero estas mismas personas que suelen tener la palabra exacta para cada momento difícil, de quienes muchos piensan que su vida a de ser un hermoso mar en calma, también tienen días tormentosos, espinas en el corazón, noches de llanto y preguntas sin respuestas. Herméticos, envueltos como fetos dentro del vientre de un día, dejan correr las horas tratando de entender el por qué de algunas situaciones que no tienen sentido estén generándose en su mundo…

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kuno-kinzokuPara la Nochebuena había comprometido mi asistencia en la casa de unos buenos amigos pero a último momento decidí quedarme en casa: ellos trataron, vía telefónica, de persuadirme a que desistiera de mi determinación. En la calle el frío era amo y señor, su dictadura se imponía con enérgica autoridad. El reloj marcaba las diez  treinta de la noche; yo, en pijama, metido en la cama bajo tres gruesas frazadas (mantas) cubriéndome hasta la altura del pecho; tres pares de medias abrigándome los pies: mi punto débil, se me congelan como dos bloques de hielo. La calefacción encendida vomitando aire caliente en titánica lucha contra los cinco grados centígrados de temperatura nocturna. Dos almohadones sirviéndome de espaldar, y entre mis manos un libro: “El huracán lleva tu nombre”, de Jaime Bayly…

 

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Cuando llevaba viviendo poco tiempo en éste país y me preguntaban ¿Cuándo piensas volver al Perú? La respuesta rápida, firme y concreta era “núnca”. Era un jovencito lleno de ilusiones, de ganas por trabajar, de conocer nuevas amistades y, aunque extrañaba a la familia y la patria algo dentro de mí me decía que acá estaba el futuro, en la tierra del sol naciente. Pasaron los años y con él llegaron alegrías, desventuras, momentos económicos sumamente difíciles y un sentimiento de soledad tan inmenso como el mar. A lo largo de mi estancia en Japón he trabajado en una serie de fábricas y realizado todo tipo de oficios. Aprendí el idioma y descubrí…

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Playa Besique

Playa Besique

Cuando era un adolescente me tocó vivir uno de los momentos más bochornosos de mi vida, de ésos que pasado algún tiempo y el peligro lo recuerdas como una anécdota.

El protagonista, en aquél entonces era un joven de apenas quince años: delgado, de mirada seductora, labios sensuales y con una sonrisa pícara (insinuadora), digamos que aceptable a los ojos femeninos, en todo caso así me veía en el espejo o así quería verme. Bueno, aquél “Adonis” está por demás decir que era yo. Lo cierto es que era un joven romántico -hasta ahora lo soy- y vivía enamorado de cuanta niña hermosa se me cruzara por el camino, no escatimaba esfuerzo por conseguir robarle unos besos.
    
    Cierto día de verano, el grupo de amigos organizó un paseo a una de las playas cercanas al distrito de Chimbote, en el norte del Perú, llamada “Besique”. Todos irían con su pareja, además invitarían a algunas amigas para los que estábamos sólo. Llegado el día nos reunimos en el paradero de los autobuses a la hora acordada, diez de la mañana, en la plaza 28 de Julio. Dentro del vehículo cada uno se acomodó de acuerdo a su conveniencia. Yo le había echado el ojo a una mocita muy guapa; durante toda la hora que duró el trayecto, conversamos, nos reímos y por ahí una que otra tocada de mano…. El día era caluroso y pintaba excelente.

    La playa de Besique estaba rodeada de una cadena interminable de cerros. A muchos metros del mar se alzaban una hilera de pequeños restaurantes rústicos, administrados en su mayoría por pescadores artesanales. Colindante con el océano se hallaban unos grandes peñascos (cerros de piedra). El lugar era inmenso y alejado de la civilización.

    Apenas descendimos de la chatarrita que nos había transportado hasta nuestro paraíso juvenil, empezamos a emparejarnos, lógicamente yo iba con la niña que me había deslumbrado desde un inicio. Entre toda la collera (amigos) elegimos dirigirnos a una pequeña bahía cercana, quince minutos caminando, para lo que se debía cruzar un gran cerro de arena y piedra. Iniciamos la marcha. Unos iban echando relajo, otros demostrando sus dotes de orador -entre ellos éste humilde servidor- y los demás jugando a la pega (tocar con la mano a quien se persigue a las carreras), aunque para ser sincero éste jueguito servía para tocarles las nalgas a las muchachitas.

    Ya enfrente de aquella encumbrada colina arenosa empezó el ascenso. Los varoncitos sudorosos, agitados pero con la cabeza llena de ilusiones tratábamos de mostrar nuestra mejor sonrisa. Estábamos en la mitad del camino cuando alguien gritó: ¡Por acá hay un atajo!. Todos nos dirigimos hacia aquel camino que nos ahorraría el desgaste físico. La trocha medía aproximadamente entre cincuenta o sesenta centímetros de ancho, bordeaba todo el cerro y se encontraba a una altura de 30 metros o más desde el nivel del mar. Uno a uno iniciaron el recorrido pegando la espalda al cerro, guardando el equilibrio con gran sangre fría. No había andarivel que nos protegiera del peligro de caer sobre las peñas que azotaban las olas.

    Todo estaba “chévere” (bien) hasta que tocó mi turno, al igual que los demás avancé, poco a poco, lentamente, evitando mirar hacia abajo. Llevaba un poco más de la mitad cuando los nervios me traicionaron y sentí como si el cuerpo se me fuera hacia delante, pegué con fuerza la espalda al cerro, por más que intenté avanzar, no pude, mis piernas no obedecían las ordenes de mi cerebro; entré en pánico. Mis amigos al percatarse de mi situación empezaron a alentarme: ¡Vamos, Javier tu puedes! ; ¡Tranquilo amigo! ; ¡Avanza de a poquito Javi! Todo fue en vano. Cuando la circunstancia se tornó desesperante fueron en busca de ayuda.

    Desde donde me encontraba, envuelto entre el miedo y la vergüenza, la observé, estaba con su carita triste, preocupada, con esos ojitos llorosos… la vi rezar.

    Después de un buen rato llegaron los súper héroes, eran pescadores acostumbrados a desafiar el peligro, se armó todo un operativo. Uno se me acercó por el lado derecho y otro por el lado izquierdo, ambos estaban sujetos por cuerdas desde arriba, parecían alpinistas, uno de ellos traía una gruesa madera que luego cruzo fuertemente a la altura de mi pecho, cada uno sujetaba en un extremo. Me ordenaron con voz firme avanzar. Nuevamente me volvió la confianza y avancé lentamente los aproximados siete metros que faltaban para salir de aquella pesadilla. Al final llegaron los aplausos y toda manifestación de alegría de parte de la gran multitud de curiosos que para entonces se habían congregado. Emocionado agradecí a cada uno de éstos valerosos hombres de mar, los mismos que me llevaron hacia un rincón y me dieron una “gran puteada” advirtiéndome que no volviera a intentar nuevamente aquella acción. Calculo que todo duró algo más de dos horas desde el inicio de aquella bochornosa situación hasta el rescate

    Pasado el susto toda la pandilla terminamos el descenso hasta la pequeña bahía. Ya instalados surgieron los comentarios, nos bañamos, nos divertimos hasta que nos dieron las cinco de la tarde, hora de regresar. Todos volvieron a cruzar por el atajo, a mí me tocó subir y bajar aquel gigantesco cerro; ya lo dice aquel refrán: “Mas vale prevenir que lamentar.”

    Nunca llegué a sentir los labios de la niña que tanto me había ilusionado, solo pude tomarla de la mano durante nuestra estancia frente al mar. Jamás la volví a ver desde aquél día.


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Todos los días debía levantarme a las seis de la mañana para empezar a prepararme antes de partir a la fábrica. Una buena ducha, desayunar algo ligero, meter la ropa de trabajo en la mochila, ver un poco de noticias matutinas por la TV hasta que el reloj marcara las siete, hora en que empezaba la diaria rutina de revisar puertas y ventanas -ya vivía solo-, abandonaba mi morada y rumbo a la estación del tren, en Ogawa.

    La noche anterior de aquella ingrata fecha me había quedado navegando y chateando por Internet hasta altas horas de la madrugada. Recién tenia semanas de haber comprado el ordenador, la novedad de hacer nuevas amistades en otros confines de la tierra me emocionaba, podía leer todo lo que se me apetecía; andaba muy enganchado a esta cajita mágica llamada computadora.

    Desperté un poco malhumorado, aún con mucho sueño, tumbado en la cama, tratando de desperezarme, giré mi rostro hacia el lado derecho en busca del reloj de pared; ociosamente mis ojos distinguieron las manecillas. Lo que vi me hizo dar tremendo salto olímpico. ¡ Pasu madre ! ¡ Mierda ! -pronuncié angustiado. Eran la siete y veinte, contaba solo con doce minutos para alistarme y llegar hasta la estación. El tren partía a las siete treinta y dos, el siguiente salía a las siete cuarenta y ocho, demasiado tarde; mi hora de entrada era a las ocho en punto. A toda prisa me lavé la cara, me puse la sudadera negra, los tenis (zapatillas), una gorra con la visera hacia atrás cubriéndome la revolución que llevaba en la cabeza -tengo el cabello ondulado, tanto que mis sobrinos Jarecillo y Brian dicen que mis pelos son gusanos-, de una cogí el cepillo de dientes y la pasta dentífrica guardándolos en la mochila. Cada minuto era oro y tormento a la vez. Nervioso y con premura eché llave a la puerta.

    La montañera azul estaba estacionada en la pequeña terraza. El tenerla siempre a la intemperie había generado que se empezaran a oxidar algunas de sus partes. Sabía que no debía utilizarla pero la imprudencia se antepuso a la razón. Los cables de ambos frenos de mano estaban rotos. Monte la “bicla” y me lancé temerariamente cuesta abajo, la velocidad aumentaba, era adrenalina pura. Llegando a un punto se terminaba la callejuela y debía voltear hacia la derecha, al girar… ¡Oh, Sorpresa! Dos dulces señoras conducían sus “bicis” en dirección contraria, no quedaba espacio para la mía, peor aun sin frenos. En fracción de segundos decidí dirigir la montañera contra un pequeño muro de treinta centímetros de altura, delimitaba un jardín de la pista. El impacto fue brutal, después de mucho tiempo volvía a volar, ésta vez como Iron Man. El aterrizaje no pudo ser más estrepitoso, mi cuerpo cacheteó el piso con furia, fue como auto flagelarme. Merecido me la tenia por tamaña irresponsabilidad. Las señoras vinieron en mi auxilio, muerto de vergüenza y dolor reiteradamente les pedí disculpas; ellas desconocían el problema de la bicicleta.

    Regresé a casa, llamé al trabajo contándoles que acababa de tener un accidente en la montañera, jamás les dije toda la verdad. Perdí el día y en cambio tenia un fuerte dolor de cuerpo. Aquella oportunidad fue la ultima vez que mi eterna compañera azul se movilizó, hasta hoy sigue allí, en la terraza, jubilada de toda actividad. Aprendí de mi torpe actitud que: ” Mas vale perder un segundo en la vida, que la vida en un segundo”.

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Hay días que uno no sabe como calificarlos, si de relajados o aburridos. Por un lado se siente que te sobra tiempo y de otro, que lo estás perdiendo. No me voy a poner en plan filosófico, de psicólogo o gurú; solo voy a contar como pasé el día.

    Desperté temprano (siete de la mañana), no trabajé, por lo que me quedé viendo el noticiero de la televisión local. Encendí el ordenador al promediar las ocho y media de la mañana para asistir gracias al servicio de TV vía Internet los noticieros de mi país (Perú). Esta vez no fui crítico, mucho menos inquisidor, con cada reportaje que se propaló, como tantas otras veces.

    Alrededor de las diez me dispuse a realizar tareas del hogar (todo un amo de casa pero sin mandil o delantal). Coloqué la ropa en la lavadora, limpié el baño, barrí la casa, lavé los platos, preparé comida; el menú del día fue un suculento pipián de pollo. Al final tendí la ropa, aprovechando el caluroso día.

    Me bañé con la parsimonia de un oso perezoso. El ducharse para mí es toda una ceremonia que cumplir: lavarme la cabeza dos veces con shampoo, luego con el acondicionador en el cabello empiezo a afeitarme, terminado esto me lavo completamente, después viene el jabón por todo el cuerpo, el enjabonado lo empiezo por el cuello, hombros, brazos, axilas, mi barriguita de “bombo”, la espalda, sigo con don “cabecita” y sus amígdalas, mi pequeño culo de tabla, mis piernas flacas y pies de “tamales”. Todo esto hago mientras ensayo una variedad de pasos de salsa o convierto ésta pequeña habitación en un recinto de audición para mis desvergonzados “gallos”. Siempre tengo música de fondo.

    Ya con toda mi humanidad aseada y vestido con trapos limpios me senté en el sillón rojo de mi cuarto, no sé por cuanto tiempo, hasta que me percaté que los minutos habían transcurrido velozmente, eran las dos cuarenta y cinco de la tarde. El hambre me llevó hasta la olla en donde estaba el recién preparado potaje. Modestamente diré que estuvo… ¡Delicioso!.

    No llamé a nadie, nadie me llamó por teléfono. No recibí email, tampoco escribí alguno. No leí el periódico, no leí un libro. Desde el sillón, sentado nuevamente, observé por el ventanal de mi habitación la hermosa tarde de julio. También recorrí con la mirada parte de mi pequeño departamento y lo sentí universalmente inmenso para una sola persona. Estuve tentado de ir a ver a mi sobrino Brian (incondicional amigo de cuatro años de edad) pero me contuve.

    Tumbado en la cama, cuando el reloj indicaba diez para las cinco, decidí escuchar música clásica. Primero coloque un CD de varios compositores con piano, luego uno íntegramente de Chopin. Conforme las notas de aquel mágico instrumento invadían mis cuatros paredes y seis tatamis (piso de paja) me sentí transportado a un mundo de paz, sin tiempo… podía volar. ¿Por que será? Siempre la melodía del piano o del violín logra que imaginariamente me vea de pie en una verde colina observando el anaranjado atardecer sobre una frondosa vegetación.

    No sé en qué momento me dormí pero al despertar ya eran las ocho y media de la noche, con el tiempo suficiente para ver nuevamente un poco de TV y poder escribir éste texto.

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Cuando hombres y mujeres, entre lágrimas y eternos abrazos se despiden en el aeropuerto del país de origen, jamás imaginan el gran giro que darán sus vidas. La única idea que se tiene martillando en la cabeza es que se está dejando el hogar en procura de un futuro mejor para la familia. Allá en la patria se quedan: la pareja, los hijos, los padres, los recuerdo, todo aquello que es parte importante en el mundo de cada persona. Ya instalados en éste país (Japón) y pasados los meses, aquella burbuja de admiración por todo lo nuevo termina por reventarse y se entra en la etapa más difícil… la nostalgia. Son varias las noches que muchos hemos llorado tumbados en el futon (colchón para dormir) recordando a los seres queridos. Cabe mencionar que hace diecisiete años atrás todo era diferente, el Internet no era tan popular; las tarjetas telefónicas eran caras para la cantidad de minutos que se podía hablar. Las cartas se convirtieron en el medio por el cual se podía expresar, largo y tendido, todo lo que el corazón deseaba supiera su destinatario. El tiempo empieza a tejer sus historias.

 

La Historia.

   

    Trabajando en la empresa que fabricaba auto partes para la Mitsubishi Motors conocí a mi amigo “bigote”, era un tipo de carácter alegre, bigotudo, delgado, cabello semi ondulado, estatura media, que como yo gustaba de la lectura y escuchar todo tipo de género musical. Algunos sábados después del trabajo solía ir a su casa para conversar y beber algunas cervezas. Eran tiempos en que la inspiración la tenia a flor de piel y me resultaba muy fácil componer. Empezábamos charlando sobre la situación mundial, cambiábamos el rumbo político del Perú en esa pequeña habitación, le contaba de las cosas que había escrito en la semana –era mi fan- y terminábamos platicando de sus cartas (enviadas y recibidas). No hubo reunión en la que no dejara de mencionar a su mujer y a la bebé que no alcanzó a conocer por la premura del viaje. Uno a uno me mostraba los escritos, las fotos y todo lo relacionado a ellas. En más de una oportunidad redactamos juntos las respuestas o me pedía alguna de mis inspiraciones para enviarlas a su amada como algo suyo. Cada domingo religiosamente iba al correo a depositar aquel sobre lleno de amor, de ilusión y esperanzas del pronto reencuentro. Por las noches, cada quince días, la llamaba para contarle de sus alegrías, tristezas y de cuánto las extrañaba. El fin de mes al recibir su salario separaba la cantidad necesaria para poder vivir y el resto lo enviaba. “Que sea ella quien lo guarde en el banco”, me repetía. Él sabia que yo estaba en total desacuerdo con ésa idea, era bastante dinero. Así transcurrieron muchos años de correspondencia y llamadas telefónicas cargadas de amor. Ambos planificaban los lugares por donde harían turismo dentro del Perú.

   

    Un día sábado dentro del horario de descanso, en el trabajo, se acerca y me dice: “cumpita no deje de ir hoy a la casa”. Lo primero que pensé fue que quizás invitaría algunas “amiguitas”, me froté las manos. Llegada la noche cogí la bicicleta y enrumbé con dirección a su aposento. Toqué la puerta, me invitó pasar, una vez adentro rápidamente con la mirada di una revisión al local y por ningún lado vi a otras personas que no fuéramos nosotros. Me ofreció una cerveza y brindamos por la amistad, puso un CD de Juan Gabriel, seguidamente me mostró la nueva correspondencia que acababa de recibir, la leí con gran atención. Esta carta a diferencia de las otras me pareció demasiado melosa, dulzona, sobrecargada de términos amorosos, presentí que un mensaje soterraneo la acompañaba.

 

   - ¿Qué te pareció?

   - Está bonita, muy tierna –Mentí. 

   -  Javier, tengo una noticia que contarte

   - ¿Qué será?

   - ¡Me regreso al Perú!

   - ¿”Bigote” está seguro?

   - Si cholito, extraño a mi mujer y a mi hija.

   -  Si está decidido ni vuelta que darle cumpita.

 

    Nos dimos un fuerte abrazo. Destapamos más cervezas. Transcurrieron las horas y su emoción era cada vez mayor. Llegado el momento, con la confianza de ser buenos amigos, le expresé crudamente algunos supuestos: ¿Has pensado que alguna ingrata sorpresa te esté esperando? ¿Qué harías si  resulta que no tienes nada en el Banco? ¿Te has puesto en el caso de que estando allá te enteres de alguna infidelidad?. Con el rostro adusto me respondió que él confiaba plenamente en ella. Le pedí disculpas y todo quedó en un incómodo comentario. Seguimos bebiendo, cantando, yo declamando mis “poemas” y componiendo otros, teniendo a mí estimado como secretario.

   

    Así llegó el día de la partida. En la camioneta de su contratista subimos las maletas. En el umbral de lo que fuera su casa por tantos años nos abrazamos por ultima vez.

   

    Mi vida continuó entre recuerdos y buenos deseos para el amigo. Después de un año me llegaron noticias. Resulta que no estaba en Perú, ahora vivía en España; que no encontró dinero alguno en el banco; que la mujer de tantas cartas bellas vivía hacia muchísimos años con otro hombre; que no-tenia casa por que en su ausencia la vendieron.

   

    Nunca mas volví a saber del buen “Bigote”.

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