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Posts Tagged ‘Mundo’

amorCuando observando el mar tu suspiro se va tomado de la mano con la brisa marina, y el sol se convierte en la imagen de una persona en especial, es cuando toca reconocer que estás dentro de los dominios del amor y que tu camino desde aquel momento empieza a depender de él. Son éstas cuatro letras las que convierten al “idiota en ladino, y al ladino en idiota”. Alguna vez me dijeron que el amor no da de comer pero “si te alimenta el alma y llena de motivación tus días para conseguir lo que necesitas”, respondí. El amor es la mejor vitamina del ser humano…

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kuno-kinzokuPara la Nochebuena había comprometido mi asistencia en la casa de unos buenos amigos pero a último momento decidí quedarme en casa: ellos trataron, vía telefónica, de persuadirme a que desistiera de mi determinación. En la calle el frío era amo y señor, su dictadura se imponía con enérgica autoridad. El reloj marcaba las diez  treinta de la noche; yo, en pijama, metido en la cama bajo tres gruesas frazadas (mantas) cubriéndome hasta la altura del pecho; tres pares de medias abrigándome los pies: mi punto débil, se me congelan como dos bloques de hielo. La calefacción encendida vomitando aire caliente en titánica lucha contra los cinco grados centígrados de temperatura nocturna. Dos almohadones sirviéndome de espaldar, y entre mis manos un libro: “El huracán lleva tu nombre”, de Jaime Bayly…

 

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papa-noelLlega una fecha importante para el mundo cristiano y para los agnósticos: los primeros celebran el nacimiento del hijo de Dios, y para los segundos es una fecha de celebración por el reencuentro familiar. Una hermosa tradición en la que se le rinde homenaje al amor. Padres e hijos vuelven presurosos a casa para reunirse y entrelazarse en emocionados abrazos. Villancicos, bombardas, el arbolito vestido de luces, el nacimiento (Belén), los panetones, el aroma del chocolate invadiendo pulmones y cada rincón del hogar; el espíritu navideño tomado por asalto el recinto familiar.

Después de la misa de las 12, sentados, todos juntos, alrededor de la mesa, recordando al familiar ausente, dejando una silla vacía, brindando, alzaran sus copas, y al tintinar otra copa les responderá ¡Salud desde la distancia!…

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Cuando la conocí éramos bastante  jóvenes, con historias diferentes pero con un sentimiento similar, escondido frente a los demás. Sus ojitos rasgados se achinaban mas cuando sonreía, me gustaba escucharla reír, ver como el viento jugueteaba fácilmente con su cabellera suave y lisa.  La primera vez que la vi fue en la casa de mi madre, no dije una sola palabra, solo la observe, me admiro su belleza.

 

Era menor que yo -en edad- y ya llevaba la responsabilidad de tres hijos, yo un estudiante universitario. A escondidas la visitaba para evitarle los comentarios que se pudieran tejer por ser madre soltera. Le gustaba oír mis historias, me pedía consejos, bromeábamos, dedicábamos nuestro momento de solaz para ser amigos; el tiempo era escaso para estar juntos. Infinidad de veces salí de su hogar,  distante de la ciudad, muy avanzada la noche, para aguardar la llegada del taxi, mientras el fuerte viento golpeaba mi espera.

 

Muchas reuniones compartimos en casa de sus padres, junto a sus hermanos, quienes a pesar de su descendencia directa de la raza china llevaban muy dentro del alma y el corazón la música peruana. Cogían la guitarra y a golpe del cajón empezaban la jarana criolla (fiesta). Su familia y la mía era un álbum de bromas de doble sentido que jamás rozaron con la grosería.

 

Así como se entero que ya tenia una hija también supo que era inevitable mi partida a este país (Japón), se hizo mutua la tristeza. Pasaron los años y nuestra comunicación fue escasa, frágil, distante hasta que un buen día me entere que también se venia a esta isla del continente asiático.

 

¡Javier! ¡Javier!teléfono me avisó la secretaria, sin sospechar quién, respondí, era ella al otro lado del auricular, tenia pocos meses de haber llegado y me llamaba a la fabrica, la emoción fue considerable. Luego continuaron las cartas, hasta que empezamos a mudarnos de vivienda repetidas veces, como gitanos latinos, y nuevamente se perdió la fluida comunicación. Ella vivía en Tokio y yo en Nagoya.

 

Fue el año pasado que logre obtener su nuevo numero de teléfono, sin darle turno a la duda la llame, conversamos dos horas, emocionados nos contamos de lo nuevo que había acontecido en nuestra vida, en todo el tiempo que estuvo ausente el dialogo. Fue como me entere que se había casado, que era feliz con su esposo japonés, que sus hijos se encontraban bien, que estaba un poco enfermita de los huesos y además sufría de otras dolencias por lo que cada mes asistía al hospital para realizarse un tratamiento riguroso.

 

Le hable de mi vida sentimental; de una hermosa joven universitaria –mi hija-; que me encontraba sin trabajar un mes, inmediatamente prometió hablar con el dueño de su centro de labores para que me admitiera; enviaba mensajes al móvil o llamaba para saber como me encontraba, se convirtió en mi hermana. En el mes de abril volvimos a charlar por teléfono, fueron mas de tres horas y media, nos reímos mucho, me aviso que viajaba a la tierrita para visitar a su familia. A su regreso al Japón me contó de lo bien que le fue por la patria. Gracias a los mensajes de texto nuevamente nos mantuvimos comunicados hasta  hace dos meses que no volví a tener respuesta a mis correos desde el móvil.

 

Hoy martes, por la mañana, mi hermana llama desde los Estados Unidos para informarme que mi buena amiga ha fallecido; fue su familia en ese país quien le dio la infausta noticia. Conocedora del cariño y respeto que como amigo siempre le tuve conmovida me detallo lo sucedido.

 

¿Qué esta pasando? ¿Por qué tan jóvenes mis amigos me adelantan en el viaje eterno? ¿Quién es el próximo… seré yo?

 

Ana Maria Choy  Wong, “chinita”, descansa en paz y contigo parte de mis bellos recuerdos.

 

La amistad esta de luto.

 

Tu opinión es importante.

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Japón por estos meses se vuelve un país gélido, a pesar que llevo más de una década radicando en el archipiélago asiático mi cuerpo aún no ha logrado aclimatarse. Ya se me pegó la gripe y de seguro me acompañará por muchas semanas, razón por la cual debo tomar algunas medidas de prevención y poder controlar el malestar que suele generar esta menuda enfermedad.

 

La mayoría de hogares tienen un calentador de agua conectado a la tubería que se une con el grifo de la cocina – funcionan con gas – pero en mi casa – como buen  soltero – dicho aparato brilla por su ausencia. Es justo en éste mes de diciembre, cuando lamento no haber solicitado su instalación. El agua sale tan fría que bastan dos segundos para que las manos duelan insoportablemente, especialmente por la noche cuando la temperatura desciende a 3 o 5 grados centígrados.

 

La solución que encontré para superar este descuido, y no terminar convirtiéndome en un oso polar o en el hombre de hielo, es calentar dos litros de agua, vaciar un poco en una pequeña tina de plástico para lavarme el rostro, luego otro tanto para la higiene bucal. Por suerte el ofuro (pequeña bañera) si cuenta con el calentador de agua. El problema lo tenia para lavar los trastos de la cocina, esto lo superé usando un par de guantes de lana dentro de otros de jebe. Todo marchaba bien hasta que se me agujereó.

 

El día miércoles de la semana pasada, por la tarde, de regreso a casa, pasé por la tienda que ofrece todo a 100 yenes – mas barato que una  lata de cualquier bebida gaseosa – recordé que necesitaba el bendito guante. Ingresé al local y al unísono un coro de voces femeninas saludó mi llegada con un sonoro ¡Bienvenido!. Un lugar sumamente limpio, extremadamente ordenado, bastante iluminado, y con un derroche de amabilidad, sonrisas y atenciones por parte de las damitas niponas.

 

Lo primero que vi al abrirse las puertas automáticas fueron los adornos alusivos a la navidad, tanto a mi izquierda como a mi derecha los Santa Claus, las campanitas, los arbolitos, las coronas, estrellas y todo lo que se necesita para estas fiestas allí se exhibían; avancé unos pasos, esta vez a mi izquierda se mostraban los útiles de escritorio, y a mi diestra los artículos de tocador. Giré a la derecha y caminé unos diez metros hasta que me topé con el sitio donde se encontraban los guantes de jebes. Frente a mí tenia una variedad de colores, tallas y marcas, elegí un par de color celeste; me apersoné a la cajera, cancelé (saldar, pagar) y me marché rumbo a casa.

 

Ya en mi “cueva”, sobre la mesa de la cocina dejé mi nueva compra. Calenté agua en el ofuro y me di un relajante baño. Mientras los músculos aflojaban dentro del cálido liquido cantaba una composición “mía de mi” dedicada al amor. Una vez terminada la operación higiene personal vestí la sudadera que suelo usar dentro de casa. Siempre de buen humor me dispuse a abrir la bolsa de los guantes de jebe, cuando: “¡Carajo!… ¿Que coño es esto?” “¿Cómo dicen que en Japón todo es perfecto?… ¡No jodan! Resulta que al interior de la mencionada bolsa había dos guantes izquierdos. “Mañana verán estos despistados”, afirmé con voz amenazante.

 

Al día siguiente volví al local con el pecho hinchado como pavo navideño, llevando mil frases en la cabeza para despotricar contra la primera persona que se me pusiera enfrente, según yo reclamaría mi justo derecho como cliente ofendido. No me importó el gentil saludo con el que me recibieron, me dirigí raudo a la cajera. Ella estaba de espaldas, al oír mi saludo giro con suavidad, yo estaba listo para disparar mi perorata pero quede mudo; era una jovencita muy guapa – de la edad aproximada de mi hija -, sonrió y con mucha amabilidad me pregunto que deseaba – ¿Cómo podía ser grosero con quien podría ser mi hija? -, le explique:

 

   Ayer vine y compré estos guantes, pero resulta que ambos son izquierdos.

   Déjeme ver… ¿Cuál es el problema? – sonrió.

   Es que yo necesito uno para cada mano y al parecer se equivocaron – manifesté.

   No señor… acá está escrito que ambos son izquierdos – señalándome el kanji (letra).

   ¡Huyyy!…disculpe. – respondí avergonzado al reparar mi error.

   ¿Desea otro par para la mano derecha?

   Si por favor – en ese momento pensaba “trágame tierra”.

   Sígame por favor…

 

Juntos fuimos al lugar donde estaba la cantidad variada de guantes. Cogió una bolsa y señalando el kanji que significa derecho me lo ofreció, al recibirle le pregunte cuál era el otro kanji que significaba para ambas manos, cogió otra bolsa y me lo mostró.  Haciendo una reverencia le agradecí, ella me respondió con otra reverencia acompañada de una bonita sonrisa y se retiró. A solas empecé a sudar de vergüenza recordando todo lo que había pensado en mi apato (departamento)  por no haber leído lo que estaba escrito. Fui nuevamente donde la cajera y pagué calladito.

 

Una vez fuera del local caminé rápidamente hasta mis aposentos, tan veloz como quien tiene diarrea y precisa de un baño urgentemente. Vaya todo el problema que me armé y, solo había sido cuestión de lectura.

 

guantes-2

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nueva-familiaEsa noche de año nuevo brindamos, cenamos y bailamos, hubo buena química. Jamás podré olvidarla por que insospechadamente se iniciaba un hermoso capítulo en mi vida. Aun recuerdo claramente sus palabras al despedirnos: “Puede volver cuando desee, ésta es su casa con toda confianza”. ¿Qué fue lo que les agradó de mí? Núnca lo hemos conversado. Pero ellos: Luis, Indira y Jarecito me hicieron sentir que volvía reencontrarme con mi familia después de una larga ausencia.

 

Desde aquel adiós transcurrieron aproximadamente cuatro meses, hasta que una insistente llamada al móvil me sorprendió en una noche que regresaba a casa manejando una bicicleta montañera azul, era Indira -Mary, nuestra amiga en común, le había facilitado mi numeración telefónica- invitándome  a la celebración de su cumpleaños que le organizaba su esposo Luis. En aquella reunión los volví a ver después de cinco meses y recién pude conocer a Brian.

 

Increíblemente la conexión con los niños fue inmediata. Jarecito sorprendiéndome con su gran capacidad para memorizar las cosas, su espontaneidad, su comportamiento tan correcto y atenciones como pequeño anfitrión. Brian apenas tenia siete meses de nacido cuando por primera vez lo tuve entre mis brazos y el cordón umbilical quedó establecido entre ambos.

 

Ellos llegaron al mundo de sus padres para llenarlo de felicidad, y de ternura el mío. Despertaron ese amor paternal que dentro de mi corazón se había quedado dormido desde que me alejara de Karina. Lograron que todo ese sentimiento de padre que llevaba reprimido lo dejara fluir para ellos. Son muchas las noches que me ha tocado inventarme cuentos con los personajes que les gustan para que duerman. Tantas las veces que hemos jugado en algún parque o en casa revolcándonos en el suelo como tres niños. En varias oportunidades los he visto enfermitos o los he regañado corrigiéndolos. Y en algunos momentos les he mentido diciéndoles que “me voy a echarle gasolina al coche” para poder irme a casa.

 

Recuerdo en una oportunidad cuando Jared tenia tres añitos, junto a sus padres y otros amigos, íbamos a un parque lejano de casa para preparar un asado, de pronto empezó a recordar que la ruta en la que estábamos conducía hacia un parque en donde ya había estado con su mamá, empezando a describirnos algunos edificios colindantes al lugar, mientras nosotros andábamos perdidos. Lo sorprendente es que para llegar a dicho lugar hay que recorrer una autopista por lo menos 30 minutos y luego entrar en un culebreo de calles hasta llegar al destino final.

 

Brian es sumamente cariñoso conmigo, siempre suele recibirme con un abrazo, le gusta estar a mi lado, nunca olvida todo lo que conversamos, al igual que su hermano suele bombardearme con preguntas. Una vez después de responderle una interrogante me dice con su carita risueña: “¿Javier, porqué todo lo sabe?”. Ambos nos reímos. También tiene sus momentos tiernos como el día cuando nadábamos juntos en una playa artificial y vimos sobrevolar un avión, abrazándome muy fuerte, pegando su carita en mi mejilla, me dijo: “Yo nunca quiero que te montes en un avión por que después nunca vas a volver… Y yo estoy triste”. Disimuladamente me sequé las lagrimas.

 

A los esposos Luis e Indira quiero darles las gracias por aceptarme en el seno de su hogar y ser durante 1,825 días mis mejores amigos. A Brian (5 años) y Jared (6 años) entregarles el mas profundo amor y como dirían en Colombia “pa las que sea parceritos” (para lo que me necesiten niños).

 

Desde hace cinco años gracias a ustedes volví a tener una nueva familia.

 

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amigosCuando el avión aterrizó en tierras niponas, después de un largo viaje desde la milenaria tierra peruana, no tenia la menor idea de cómo serian mis días en este lejano país. Desde aquel entonces muchos años han transcurrido y las maletas que en antaño llegaron cargadas de ropas hoy están llenas de recuerdos, aun queda un pequeño espacio para el tiempo que me resta de permanencia en el archipiélago japonés.

Aprendí a comunicarme en su idioma, me integré en un ochenta por ciento a su sistema de vida, trabajé tanto o igual como los primeros japoneses que llegaron a mi país, pero siempre me sentí incompleto…

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