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Posts Tagged ‘Niños’

El AhogadoCrecí como muchos niños escuchando historias de fantasmas y brujas, algunas veces me las creí y asustado pasé muchas trasnochadas siempre alerta para salir volado por si algún espectro despistado venía a visitarme. Cuando descubrí que todo era puro cuento, una farsa de los mayores para mantenernos alejados de algunos sitios, empecé a inventar mis propias historias que luego se las relataba a la collera (amigos), llegando incluso a jurar “por diosito” con tal que se tragaran el cuento y esa noche sufrieran de insomnio…

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Manos ancianasAlgunas pecas han empezado a ser parte en la piel de una mano que se arruga, como el clima que anuncia la llegada de una nueva estación, presiento que estos pequeños tatuajes naturales me avisan que va llegándole el otoño a mi vida. Las observo como fotos y descubro los cambios que he experimentado desde que aquellas manchas se imprimieron en mis manos. Pienso en el tiempo que viví y en el tiempo que no llegaré a vivir. Lloro recordando a los familiares que hoy habitan en ese otro mundo y esperan mi llegada. Sonrío haciendo memoria de la gente que conocí, que amé, que me amó, que me detestó y de aquellas que me idolatraron…

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recien nacido fotoCuando se es joven uno siente que  tiene el mundo en un puño, pensamos que todo es divertirse, enamorarse y ser feliz. Pero los años nos empiezan a caer encima y con ellos un sin fin de nuevas responsabilidades vienen a llenar aquella maleta que nos toca cumplir en la vida. Muchas veces el temor a lo desconocido, la inexperiencia, conlleva a que se tome decisiones erradas que después se quisieran corregir, es en ese momento cuando se toma conciencia que una vez cruzado el puente de la adolescencia, juventud y el ser adulto ya no hay marcha atrás.

Para ser feliz hay que cerrar ciclos porque de lo contrario nos sentiremos incompletos, inconformes con nosotros mismos… 

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Si  hay algo  que me irrita  sobremanera   es  ver  cuando maltratan físicamente a un niño. Cuando los padres confunden tortura con castigo. Acepto que se les dé unas buenas nalgadas o se les dé un tirón de orejas cuando ya rebasan el límite de la paciencia, pero coger la correa(cinturón) y estampárselas con toda fuerza en aquel cuerpecito o vomitarles un rosario de groserías lo tomo como una actitud delincuencial en contra de un indefenso.   

    En muchas oportunidades he sido testigo de actitudes propias de padres cavernícolas, ¿cómo no calificarlos así? Si después de haberles llenado la carita de cachetadas (bofetadas) les gritan: ¡Te he dicho que te calles! ¡Como sigas llorando te reviento la boca! Será que estos “tarúpidos” (mitad tarados y mitad estúpidos) ¿No saben que es el dolor lo que al infante lo tiene envuelto en llanto?.

    También existen los maltratos psicológicos, como encerrarlos en habitaciones oscuras, amenazar con dejarlos dormir en la calle, con quemarles el culito si se vuelven a orinar… en fin una serie de inventos propios de una persona psicópata. Otros(as) suelen insultar a sus críos cuando estos no logran entender la idea de los progenitores: ¡Eres un burro! ¡Carajo… quieres que te deletree las cosas! ¡Pedazo de sonso (tonto) cuántas veces tengo que repetirte lo mismo!

    “Si tienes hijos y no entienden algunas cosas o no reaccionan como desearías,  piensa que eres una “bestia” que no sabe explicarles u orientarlos como corresponde, y eso… debería darte vergüenza por que si tú con los años que tienes te equivocas con frecuencia, como diablos puedes exigir a un pequeñín que no lo haga con el poco tiempo de vida que tiene en éste mundo”.

    Pero qué grande es el amor de los niños que a pesar de todo siempre tienen en sus labios: ¡Te quiero mucho! ¡Tú eres la o él más bueno(a) del mundo!. Abraza a tu hijo o hija y repítele cada día que es lo más hermoso que la vida te ha dado. Los padres somos los ídolos, los súper héroes de ellos, no permitas que eso se evapore de su mente por una reacción irracional de la que luego te arrepientas toda la vida.

    “Si crees en Dios respeta a tu hijo; si eres agnóstico recuerda que es tu sangre y no tu enemigo”.


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Me hallaba paseando dentro del centro comercial cercano a mi casa, distrayendo la vista con tanta belleza que solo se puede ver y no tocar, cuando a lo lejos distinguí a un buen amigo; raudamente me acerqué a saludarlo. Él se encontraba con su pequeño hijo de cinco años de edad. Mientras charlaba, el enano empezó a corretear cerca de nosotros. Llevábamos quince minutos de “cotorreo” cuando el pequeñín le coge la mano a su padre e intenta llevárselo a un “chucito” (tienda) de venta de helados.

        – ¡Papá ven! -exige el niño.
        – Espera que estoy conversando -respondió el padre.
        – ¡Ven te he dicho! -vuelve a exigir el nene.
        – No seas malcriado – le llama la atención.
        – ¡Ya no te quiero! – responde.
        – Ok… muy bien -le dice el papá.
        – ¡Malo¡… ¡buaaa¡… ¡buaaa¡ -estalló en llanto el niño.

    Yo contemplaba la escena con una suave sonrisa. Después de un breve momento, teniendo como música de fondo la chilladera (llanto) del crío, continuamos la conversación hasta que se hizo insoportable. “Mejor ve lo que quiere tu hijo” -le sugerí.

        – Bueno, ¡ya para la lloriqueada! ( llorar) -lo regañó.
        – ¡Buaaa!…¡ buaaa!… ¡buaaa!
        – ¿Dime qué quieres? -preguntó al nene.
        – Snif… snif… snif -fue calmándose.
        – ¡A ver habla! -le dijo algo molesto.
        – Snif… snif… quiero helado -fue la respuesta.
        – ¡Helado… nooo! -inmediatamente se lo negó.
        – ¡Sí… quiero un helaaadooo! -insistió el crío.
        – Papito… te vas a enfermar -con tono cariñoso le responde el padre.
        – ¡ME QUIERO ENFERMARRRRR! -fue la contundente respuesta.

    Mi amigo y yo estallamos en una carcajada imparable. Riéndome me incliné frente al pequeño y abrazándolo le dije: “ya papito… yo te voy a comprar el helado”.

        – Quiero que me lo compre él -señaló a su papá.
        – Mira éste canijo, todavía quiere que yo gaste – me dijo el amigo.
        – No te preocupes igual lo compro -le respondí.
        – Gracias cumpita – agradeció sonriendo mientras yo compraba el helado.
        – Toma tu helado… enférmate con gusto -le dije al nene al entregárselo.

    Continuamos la platica unos minutos mas y luego con un fuerte abrazo nos despedimos sin antes recordarle: ¡Oye… no olvides que tu hijo en cada verano SE QUIERE ENFERMARRR!.


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