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Posts Tagged ‘Peru’

bandera-peruanaEl único punto de referencia que el pueblo japonés tenia del Perú era indiscutiblemente el majestuoso Machu Picchu o las misteriosas líneas de Nazca. Pero la popularidad del país que me vio nacer y que quizás no me verá morir creció con la llegada del ex presidente Alberto Fujimori al gobierno peruano. ¿De qué país eres? Del Perú. ¡Ah… Fujimori san! ; era el clásico dialogo, aunque aisladamente por ahí alguien terminaba hablándome de la grandeza del imperio inca, en ese momento henchido de orgullo respondía con un emocionado ¡Sí!

Eran tiempos en que la comunidad peruana, segunda colonia latina más grande en este país, estaba conformada básicamente por obreros -algunos con estudios profesionales-; hombres y mujeres decididos a salir adelante, compatriotas emprendedores que venciendo la gran barrera cultural y del idioma fueron surgiendo de a poco en este país que en un principio generosamente nos abrió sus puertas brindándonos la oportunidad de pensar en un futuro mejor…

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nueva-familiaEsa noche de año nuevo brindamos, cenamos y bailamos, hubo buena química. Jamás podré olvidarla por que insospechadamente se iniciaba un hermoso capítulo en mi vida. Aun recuerdo claramente sus palabras al despedirnos: “Puede volver cuando desee, ésta es su casa con toda confianza”. ¿Qué fue lo que les agradó de mí? Núnca lo hemos conversado. Pero ellos: Luis, Indira y Jarecito me hicieron sentir que volvía reencontrarme con mi familia después de una larga ausencia.

 

Desde aquel adiós transcurrieron aproximadamente cuatro meses, hasta que una insistente llamada al móvil me sorprendió en una noche que regresaba a casa manejando una bicicleta montañera azul, era Indira -Mary, nuestra amiga en común, le había facilitado mi numeración telefónica- invitándome  a la celebración de su cumpleaños que le organizaba su esposo Luis. En aquella reunión los volví a ver después de cinco meses y recién pude conocer a Brian.

 

Increíblemente la conexión con los niños fue inmediata. Jarecito sorprendiéndome con su gran capacidad para memorizar las cosas, su espontaneidad, su comportamiento tan correcto y atenciones como pequeño anfitrión. Brian apenas tenia siete meses de nacido cuando por primera vez lo tuve entre mis brazos y el cordón umbilical quedó establecido entre ambos.

 

Ellos llegaron al mundo de sus padres para llenarlo de felicidad, y de ternura el mío. Despertaron ese amor paternal que dentro de mi corazón se había quedado dormido desde que me alejara de Karina. Lograron que todo ese sentimiento de padre que llevaba reprimido lo dejara fluir para ellos. Son muchas las noches que me ha tocado inventarme cuentos con los personajes que les gustan para que duerman. Tantas las veces que hemos jugado en algún parque o en casa revolcándonos en el suelo como tres niños. En varias oportunidades los he visto enfermitos o los he regañado corrigiéndolos. Y en algunos momentos les he mentido diciéndoles que “me voy a echarle gasolina al coche” para poder irme a casa.

 

Recuerdo en una oportunidad cuando Jared tenia tres añitos, junto a sus padres y otros amigos, íbamos a un parque lejano de casa para preparar un asado, de pronto empezó a recordar que la ruta en la que estábamos conducía hacia un parque en donde ya había estado con su mamá, empezando a describirnos algunos edificios colindantes al lugar, mientras nosotros andábamos perdidos. Lo sorprendente es que para llegar a dicho lugar hay que recorrer una autopista por lo menos 30 minutos y luego entrar en un culebreo de calles hasta llegar al destino final.

 

Brian es sumamente cariñoso conmigo, siempre suele recibirme con un abrazo, le gusta estar a mi lado, nunca olvida todo lo que conversamos, al igual que su hermano suele bombardearme con preguntas. Una vez después de responderle una interrogante me dice con su carita risueña: “¿Javier, porqué todo lo sabe?”. Ambos nos reímos. También tiene sus momentos tiernos como el día cuando nadábamos juntos en una playa artificial y vimos sobrevolar un avión, abrazándome muy fuerte, pegando su carita en mi mejilla, me dijo: “Yo nunca quiero que te montes en un avión por que después nunca vas a volver… Y yo estoy triste”. Disimuladamente me sequé las lagrimas.

 

A los esposos Luis e Indira quiero darles las gracias por aceptarme en el seno de su hogar y ser durante 1,825 días mis mejores amigos. A Brian (5 años) y Jared (6 años) entregarles el mas profundo amor y como dirían en Colombia “pa las que sea parceritos” (para lo que me necesiten niños).

 

Desde hace cinco años gracias a ustedes volví a tener una nueva familia.

 

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El pasado mes de Octubre no fue solo el cumpleaños de mi hija sino que también estuvo lleno de noticias que jamás podría haberme imaginado. Algunas de ellas muy tristes, dolorosas, y otras que terminaron por dejarme boquiabierto. Cada suceso nuevo ha sido como una bofetada para despertar y darme cuenta que la vida tiene su propio curso y no es el que dentro de mi mente quisiera que fuera.  

Mi vida está marcada por cinco etapas: Los amigos del barrio -de infancia-, los amigos del colegio, los amigos del Instituto Peruano Soviético, los amigos de la universidad y los que he conocido en éste país. Personas a las que recuerdo con mucho aprecio, con el sentimiento del hermano lejos, amigos para los que siempre deseo lo mejor, aunque a algunos lleva muchísimo tiempo que no los he vuelto a ver.

   Después de seis años decidí participar de la procesión del Señor de los Milagros que mis coterráneos en éste país también celebran al igual que en el Perú. La intención de asistir a ésta ceremonia litúrgica no era solamente la de socializar sino que guardaba la esperanza de reencontrarme con un ex compañero de aula, en la etapa de los estudios secundarios. Así ocurrió ése domingo por la tarde.

   Junto a su familia se encontraba mi antiguo amigo del colegio, Johnny Sampe.Emocionado me acerqué y con un efusivo abrazo nos saludamos. Me presentó a su esposa y sus menores hijos, lo acompañaba su hermano -compañero de estudios de mi hermano menor durante diez años- y familia.

   Empezamos la charla hablando de cómo nos venia tratando Japón; de los planes para el futuro; de los hijos y algunos temas anecdóticos. Poco a poco empezamos a recordar a los amigos del colegio, las bromas y de con quiénes nos habíamos vuelto a reencontrar; así fue como volví a saber de la promoción. Dentro de todas las cosas nuevas que me contó hubo una que me fulminó, una que fue directo al corazón. ¿Te acuerdas de Raúl?”, me preguntó. “¡Claro!.. mi hermano”, respondí. “MURIO”, fue el comentario final. En ese instante sentí un frío intenso recorrerme por dentro, la gana inevitable de sentarme y un dolor profundo en el alma. Conversamos unos minutos mas y nos despedimos con la promesa de una visita mía a su casa.

   Mas o menos a las cinco y treinta de la tarde, terminada la ceremonia, fui en busca de mi auto, llevaba un gran nudo en la garganta, encendí el coche y partí rumbo a casa por la calle principal. Puse música alegre, quería relajarme, distraerme, olvidar por un momento lo que me acababa de enterar… fue inútil. Mi cabeza empezó a recordar mil y una aventuras junto a mi gran amigo Raúl. Me pasé peligrosamente una luz roja. Mi fortaleza emocional se quebró y empecé a llorar en voz alta. Estacioné el coche en un lado de la pista por que las lágrimas me impedían toda visibilidad. Transcurridos unos minutos nuevamente inicié el regreso a casa. Fueron interminables cuarenta minutos.

   Ya en casa continué con los recuerdos y el llanto, quedándome dormido hasta el día siguiente. Así estuve dos días, aceptando a cuenta gotas la trágica realidad.

   Yo daba por echo que a mi regreso al Perú me volvería a encontrar con Raúl y que nos iríamos a comer una gran fuente de cebiche, además nos daríamos tremenda borrachera tan igual como en los tiempos de adolescencia en alguna playa chimbotana, la diferencia sería que ésta vez yo pagaría todo…Ya no será posible el reencuentro, tan solo resultan los recuerdos y su tumba para poder visitarlo.

   En la muerte volveremos a abrazarnos amigo Raúl.

 

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Cuando nació mi hija pensé que siempre estaría a su lado para verla crecer, traté de prepararme para ser buen padre, leí algunos libros sobre psicología infantil. Con ella me proyecté en el futuro y tenia bien claro que seria muy diferente a muchos progenitores. Siempre he pensado que uno debe ser el mejor de sus amigos, su cómplice, su escudo, sin tabú -todo tema válido para conversar. Pero el destino nos tenia preparada la peor de sus celadas: terminó por separarnos cuando ella aun era una bebe y yo el más feliz del mundo…

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Cuando llevaba viviendo poco tiempo en éste país y me preguntaban ¿Cuándo piensas volver al Perú? La respuesta rápida, firme y concreta era “núnca”. Era un jovencito lleno de ilusiones, de ganas por trabajar, de conocer nuevas amistades y, aunque extrañaba a la familia y la patria algo dentro de mí me decía que acá estaba el futuro, en la tierra del sol naciente. Pasaron los años y con él llegaron alegrías, desventuras, momentos económicos sumamente difíciles y un sentimiento de soledad tan inmenso como el mar. A lo largo de mi estancia en Japón he trabajado en una serie de fábricas y realizado todo tipo de oficios. Aprendí el idioma y descubrí…

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Playa Besique

Playa Besique

Cuando era un adolescente me tocó vivir uno de los momentos más bochornosos de mi vida, de ésos que pasado algún tiempo y el peligro lo recuerdas como una anécdota.

El protagonista, en aquél entonces era un joven de apenas quince años: delgado, de mirada seductora, labios sensuales y con una sonrisa pícara (insinuadora), digamos que aceptable a los ojos femeninos, en todo caso así me veía en el espejo o así quería verme. Bueno, aquél “Adonis” está por demás decir que era yo. Lo cierto es que era un joven romántico -hasta ahora lo soy- y vivía enamorado de cuanta niña hermosa se me cruzara por el camino, no escatimaba esfuerzo por conseguir robarle unos besos.
    
    Cierto día de verano, el grupo de amigos organizó un paseo a una de las playas cercanas al distrito de Chimbote, en el norte del Perú, llamada “Besique”. Todos irían con su pareja, además invitarían a algunas amigas para los que estábamos sólo. Llegado el día nos reunimos en el paradero de los autobuses a la hora acordada, diez de la mañana, en la plaza 28 de Julio. Dentro del vehículo cada uno se acomodó de acuerdo a su conveniencia. Yo le había echado el ojo a una mocita muy guapa; durante toda la hora que duró el trayecto, conversamos, nos reímos y por ahí una que otra tocada de mano…. El día era caluroso y pintaba excelente.

    La playa de Besique estaba rodeada de una cadena interminable de cerros. A muchos metros del mar se alzaban una hilera de pequeños restaurantes rústicos, administrados en su mayoría por pescadores artesanales. Colindante con el océano se hallaban unos grandes peñascos (cerros de piedra). El lugar era inmenso y alejado de la civilización.

    Apenas descendimos de la chatarrita que nos había transportado hasta nuestro paraíso juvenil, empezamos a emparejarnos, lógicamente yo iba con la niña que me había deslumbrado desde un inicio. Entre toda la collera (amigos) elegimos dirigirnos a una pequeña bahía cercana, quince minutos caminando, para lo que se debía cruzar un gran cerro de arena y piedra. Iniciamos la marcha. Unos iban echando relajo, otros demostrando sus dotes de orador -entre ellos éste humilde servidor- y los demás jugando a la pega (tocar con la mano a quien se persigue a las carreras), aunque para ser sincero éste jueguito servía para tocarles las nalgas a las muchachitas.

    Ya enfrente de aquella encumbrada colina arenosa empezó el ascenso. Los varoncitos sudorosos, agitados pero con la cabeza llena de ilusiones tratábamos de mostrar nuestra mejor sonrisa. Estábamos en la mitad del camino cuando alguien gritó: ¡Por acá hay un atajo!. Todos nos dirigimos hacia aquel camino que nos ahorraría el desgaste físico. La trocha medía aproximadamente entre cincuenta o sesenta centímetros de ancho, bordeaba todo el cerro y se encontraba a una altura de 30 metros o más desde el nivel del mar. Uno a uno iniciaron el recorrido pegando la espalda al cerro, guardando el equilibrio con gran sangre fría. No había andarivel que nos protegiera del peligro de caer sobre las peñas que azotaban las olas.

    Todo estaba “chévere” (bien) hasta que tocó mi turno, al igual que los demás avancé, poco a poco, lentamente, evitando mirar hacia abajo. Llevaba un poco más de la mitad cuando los nervios me traicionaron y sentí como si el cuerpo se me fuera hacia delante, pegué con fuerza la espalda al cerro, por más que intenté avanzar, no pude, mis piernas no obedecían las ordenes de mi cerebro; entré en pánico. Mis amigos al percatarse de mi situación empezaron a alentarme: ¡Vamos, Javier tu puedes! ; ¡Tranquilo amigo! ; ¡Avanza de a poquito Javi! Todo fue en vano. Cuando la circunstancia se tornó desesperante fueron en busca de ayuda.

    Desde donde me encontraba, envuelto entre el miedo y la vergüenza, la observé, estaba con su carita triste, preocupada, con esos ojitos llorosos… la vi rezar.

    Después de un buen rato llegaron los súper héroes, eran pescadores acostumbrados a desafiar el peligro, se armó todo un operativo. Uno se me acercó por el lado derecho y otro por el lado izquierdo, ambos estaban sujetos por cuerdas desde arriba, parecían alpinistas, uno de ellos traía una gruesa madera que luego cruzo fuertemente a la altura de mi pecho, cada uno sujetaba en un extremo. Me ordenaron con voz firme avanzar. Nuevamente me volvió la confianza y avancé lentamente los aproximados siete metros que faltaban para salir de aquella pesadilla. Al final llegaron los aplausos y toda manifestación de alegría de parte de la gran multitud de curiosos que para entonces se habían congregado. Emocionado agradecí a cada uno de éstos valerosos hombres de mar, los mismos que me llevaron hacia un rincón y me dieron una “gran puteada” advirtiéndome que no volviera a intentar nuevamente aquella acción. Calculo que todo duró algo más de dos horas desde el inicio de aquella bochornosa situación hasta el rescate

    Pasado el susto toda la pandilla terminamos el descenso hasta la pequeña bahía. Ya instalados surgieron los comentarios, nos bañamos, nos divertimos hasta que nos dieron las cinco de la tarde, hora de regresar. Todos volvieron a cruzar por el atajo, a mí me tocó subir y bajar aquel gigantesco cerro; ya lo dice aquel refrán: “Mas vale prevenir que lamentar.”

    Nunca llegué a sentir los labios de la niña que tanto me había ilusionado, solo pude tomarla de la mano durante nuestra estancia frente al mar. Jamás la volví a ver desde aquél día.


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